La Batalla de Badr y el Ramadán: Una reflexión historiográfica (III Parte)

La Batalla de Badr y el Ramadán: Una reflexión historiográfica (III Parte)

Qom (ABNA) — Hacia mediados del mes del ayuno del segundo año del Islam emigrado, se sucedieron los hechos históricos del primer y paradigmático gran combate de los musulmanes contra sus opuestos, los enemigos de Dios.

Según la Agencia Noticiosa Ahlul Bait (ABNA) – La junta profética dirimía, pues, la disposición integral al sacrificio, más allá de cualquier consideración mediata, o la inmadurez para esa inmolación. No era una mera reunión estratégica, como hemos apuntado. Ya habían llegado hasta allí, dejando Medina sin hombres ni defensa; lo que aparentemente era una acción suicida, sólo se podía solventar con una labor heroica, puesto que una pragmática vuelta atrás hubiese transformado a aquel grupo desde ser el exponente de una agrupación por Dios -Hizb Âl-Lah- , en una bandería de árabes enredados en una lucha tribal. Cada comportamiento, cada condición, por tanto, que tiene que ver con el contacto humano en torno al Profeta (Bpd), evidenció, ya entonces, y aún ahora lo manifiesta, una forma y carácter de la islamidad que desde aquellos tiempos se ha ido proyectando sobre la Historia de los musulmanes, con sus sombras y luces; cargando siempre la vida islámica de bondades y reproches. La consulta había de poner a los precombatientes en la tesitura de su propia disposición a la obediencia y el sacrificio, mostrándonos las diversas formas de disposición para estar en la islamidad.

De tal forma y ya en aquellos días, con el Profeta presente y sus órdenes vigentes, se establecieron las categorías de islamidad de los musulmanes, todas ellas legítimas, pero no todas de la misma pureza, intensidad, ni alcance; en la Fe como en los metales precisos hay gradaciones. Los estadios y su relevancia, recordemos, son algo que nos viene del propio Libro:
“Estarán por categorías junto a Âllah. Âllah ve perfectamente qué hacen”
“Él es Quien os hizo legatarios (suyos) sobre la tierra, y Quien os ha distinguido a unos sobre otros en categorías, para probaros en lo que ha concedido.”

Tenemos, pues, diversas categorías: la islamidad de los disciplinados, de los que veían por los ojos de Muhammad (Bpd) ; la islamidad personal de quienes conservaban como un tesoro vital su individualidad, e incluso la islamidad rutinaria de los aculturados por el nuevo movimiento; no dejemos de lado que estos últimos, aparentemente son los musulmanes que se limitaron en los primeros tiempos a vivir islamizados, pero son el caldo de cultivo de la ignorancia, de sus aparentemente inocentes filas acabarían por surgir, tiempo tras tiempo, aquellos que el propio Profeta (Bpd) denominara mariqun39 .
Un Islam de luchadores arrastrados por la vehemencia del Amor, un Islam de políticos, sensatos y prácticos, un Islam folclórico de quienes conviviendo con un Profeta (Bpd) seguían apegados a la cotidianeidad ancestral de los ignorantes. De hecho la personalidad con más relevancia social de aquel momento después del Profeta (Bpd), tal cual era su tío Hamza, no tuvo gran cosa que decir en aquella shura`, pues se limitó a cerrar decididamente filas en torno a lo que era la evidente intención de Muhammad (Bpd): combatir contra los incrédulos, más allá de cualquier otra consideración, pues ya era llegado el tiempo de establecer una pauta de respetabilidad para el nuevo movimiento.

Sabemos que Hamza El Mártir tuvo una participación especialmente activa y decisiva en aquella acción, sin embargo, ni él ni nadie de la familia profética tomaron la palabra en la reunión para reforzar la que podríamos considerar la tesis muhammadiana, la combativa; hasta ese punto era evidente cual era la línea de obediencia. Sin embargo, tanto él como su sobrino A`lî (P), pese a que había ya entre los musulmanes personalidades con pretensiones de notoriedad y preeminencia, hubieron de ser los adalides que lucharan en los primeros momentos en combates individuales para preservar el honor social y la dignidad espiritual del grupo islámico ¿Era aquello el débito a su alineamiento con las tesis guerreadoras u obediencia y entrega?!

Desde el momento mismo en que los musulmanes asumieron que aquella jornada era para la lucha, comenzaron a actuar en consecuencia.

Las crónicas históricas han conservado la memoria de cuáles fueron las acciones concretas que llevaron al triunfo militar; remembranza muy minuciosa y detallada habida cuenta que desde los primeros instantes de aquella sociedad islámica, hubo la noción de que el suceso, además de ser el primer combate y éxito de los creyentes, era un paradigma histórico excepcional. De hecho los pasos seguidos por aquel pequeño contingente son un prototipo del modo de ser, estar y combatir de los musulmanes para y en todos los tiempos.

Las decisiones tácticas y las órdenes impartidas por el Profeta (Bpd) , la distribución del grupo sobre el terreno, la cadena de mando que establecieron para sus indicaciones, todo ello ha sido motivo de reflexiones en la historiografía musulmana, y todo ello es materia de meditación pues, más allá de su interés militar, nos ha de servir como evidencia de la mentalidad y actitud ante el combate de Muhammad (Bpd) y de los primeros musulmanes que le siguieron, en definitiva frente a la necesidad de defensa de su Ummah. Lo más relevante es que a manera de medida estratégica se ordenó cegar la mayoría de aquellos pozos -que eran numerosos en aquel recóndito collado- a fin de que los mecanos, a su llegada al lugar, no pudieran abastecerse, y obligarlos a luchar por el agua. Decisión que implicaba una determinación de defender el lugar y de no dejar margen para el compromiso o los acuerdos40 .

La primera cuestión interesante en estos momentos fue la resolución del Profeta (Bpd) para ocuparse de todo lo que concernía a la acción, inclusive los más mínimos aspectos estratégicos y logísticos del instante que los musulmanes vivían. Hasta ese momento al menos en ocho ocasiones habían estado los musulmanes a punto de entrar en liza contra las caravanas de los mecanos; ésta sin embargo, era la ocasión en que él se encontraría sobre el teatro de operaciones bélicas, acompañado por la práctica totalidad de los musulmanes emigrados y lo mejor de los creyentes medineses.

Con anterioridad se habían acosados los movimientos comerciales del Quraîsh; no obstante, ese fue el tiempo en el que el Profeta (Bpd) mismo decidió mostrar a los incrédulos la fortaleza y potencia de los creyentes; bien es cierto que apelar a esa “potencia” habría de ser un contrasentido si pensamos en la limitación, e incluso precariedad del contingente islámico, ya que los musulmanes estaban en minoría, como, por otra parte, habían estado en las anteriores situaciones en las que acosaron u hostigaron a las caravanas de los enemigos. Lo que estaba en juego, y aquello había de ser mostrado, no era el mero potencial combatiente de los musulmanes, el cual en aquellos momentos aún estaba por consolidar definitivamente, sino la resolución para destacar e imponer sus voluntades de mantener el apoyo y la obediencia a Muhammad (Bpd) y su Mensaje.

Mucho se ha escrito sobre la motivación de aquellas acciones, y sobre el sentido efectivo de la Batalla de Badr. Hoy parece evidente que pese a la desigualdad numérica, y las limitaciones materiales, aquellos musulmanes ya estaban en disposición de mostrarse como un conjunto de hombres resuelto y pujante, siendo estos aspectos la expresión de la mencionada “potencia” que deberían descubrir a sus enemigos.

Por ello, la primera lección histórica de la decisión del Profeta (Bpd) y de su shura´ debió ser que aquellos soberbios habían de recibir una respuesta contundente y definitiva por parte de los perseguidos creyentes, a fin de destacarles cómo, una vez iniciado el proceso de construcción de una comunidad religiosa islámica, el hostigamiento contra ésta habría de ser un yerro para castigar, por cuanto esa rivalidad encerraba una voluntad de enfrentamiento con el Bien y la Justicia, la sumisión a las divinas órdenes que Muhammad enseñaba.

Cierta historiografía ha pretendido analizar las motivaciones materiales del enfrentamiento entre el grupo musulmán de Medina y sus antiguos vecinos mecanos, explicando que la motivación del acoso islámico a las caravanas tenía por objeto fortalecer las arcas de la nueva sociedad religiosa. Ignoran que el acoso se limitaba a las caravanas fletadas por los incrédulos de La Meca, que eran las más fuertes y mejor guardadas, mientras que había un total respeto por las expediciones comerciales y mercancías de otros lugares, tan notables económicamente como las de los mecanos y que, posiblemente, podían ser presas más asequibles y tan pingues como las de La Meca. De igual forma, obvian que en todo aquel periodo previo al encuentro en Badr, Muhammad (Bpd) solamente encomendó el hostigamiento a sus convecinos emigrados, liberando a los naturales de Yatrib del conflicto.

La selección del objetivo: el Quraîsh y su liderazgo anti-islámico, es la evidente clave del porqué de su elección como blanco operativo por parte del Profeta. Como la Historia demostraría después, lo que se interponía entre la libertad de culto, el desarrollo religioso en suma, y aquellos primeros musulmanes era la pujanza de los incrédulos y ateos mecanos para perjudicar la construcción de una Comunidad creyente, que se evadiese a sus intereses y deseos espurios. Hasta ese momento, pues, el Profeta (Bpd) había enviado grupos de emigrados a atosigar y vigilar los movimientos de las caravanas, posiblemente como actos de presencia y advertencias sobre el conflicto abierto por la presión de los miembros más notables del Quraîsh contra los musulmanes; sin embargo, en aquel bienaventurado mes de Ramadán, la orden fue general para los creyentes capaces de seguirle, de manera que llevó con él a todos sus antiguos paisanos, ya indefectiblemente implicados en aquel viaje histórico sin retorno que era la Emigración, y a los creyentes de Yatrib en los que tenía confianza y certeza sobre su disposición espiritual y sobre la convicción de su Fe.

Se había comenzado un proceso, inmediatamente después de la migración del principal grupo de musulmanes, en el cual las acciones de acoso a los intereses mecanos habían sido efectuada por los desterrados, tal como hemos mencionado, posiblemente a fin de preservar los pactos inter-tribales que aún comprometían a los habitantes de Yatrib, de forma que el conflicto se pudo mantener, durante unos meses importantes para la consolidación del la Comunidad medinesa, en un grado de intensidad relativamente baja. La cuestión, en apariencia, aún era un conflicto entre mecanos, aquellos que habían huido de su ciudad y los que controlaban las instituciones de ésta. Sin embargo, subyacía en la mente de los principales actores que se dirimía el éxito histórico de la misión profética muhammadiana.

Si las precuelas de la Batalla de Badr habían sido una serie de acciones de acorralamiento entre convecinos mal avenidos, con ello se evitaba mostrar ante los posibles enemigos, que habrían de unirse -como más tarde hicieron- a las fuerzas quraîshitas, que era llegado el tiempo de grandes cambios para su forma de vida idolátrica. Por ello, las secuelas del fracaso de los mecanos dirigidos por los secuaces del huidizo y calculador Âbû Sufîân, hubieron de ser la formación de una coalición anti-musulmana de los jefes tribales y las ciudades que sustentaban su dominio en la sociedad, la cultura y la moral idólatra. Aunque para entonces ya se habría producido un punto de inflexión en la vida de aquella primera comunidad de la Fe: venciendo a los idólatras en Badr habían demostrado su carácter, capaz de mantener la obediencia al Profeta (Bpd), y de cerrar filas en torno a su autoridad, con todo lo que ello habrían de implicar en el futuro. El suceso era de tal trascendencia que hubo de producirse en el mes bendito del ayuno, ya que más allá de la oportunidad anecdótica e histórica, este momento del año islámico, como sabemos, está cargado de bendiciones y resonancias excepcionales: lo que en él sucede tiene su eco en el año consiguiente. Aquel era el primer mes de ayuno que reunía prácticamente a todos los creyentes en torno de su Guía, pues anteriormente muchos de ellos hubieron de celebrar el ayuno en la ocultación por la presión de los incrédulos, o en la emigración para eludirla. La fuerza y la bondad de ese mes hubo de ser un factor relevante en la determinación para la acción, tanto por su relevancia espiritual, como por su oportunidad operativa que ofreció, ya que los infieles esperaban que los musulmanes, limitados por su propias normas religiosas, eludirían el enfrentamiento durante aquel tiempo.

Es interesante apuntar que en el previo mes de Rayab del segundo año de la Hégira, el Profeta (Bpd) había desautorizado una acción de hostigamiento de un grupo de emigrados que al mando de Abdullah Îbn Yahish había sido enviado a observar la caravana de los mecanos; éste pese a las explícitas indicaciones que por escrito recibiera de la aún sencilla chancillería profética atacó la caravana matando a su jefe y haciendo algunos prisioneros, tomando, pues, el botín que trasportó hasta Medina. El Profeta se disgustó por la extralimitación de la acción, y especialmente por la violación de un espacio y mes sagrado para todos los árabes, e incluso retuvo el botín sin repartirlo -lo que implicaba que no lo asumía o legitimaba-, hasta que recibióse la revelación de la aleya 217 de la Sura ÂlBaqarah que sancionaba la legitimidad de ese tipo de acciones, anteponiendo el derecho de los creyentes a la defensa activa, frente a la tradición de la sacralización de zonas y tiempos. Por ello, el Profeta (Bpd) marchó en pleno mes de Ramadán al combate, con la certeza, fundada en la anuencia de la Revelación, de que su acción era una acto piadoso de la plena complacencia divina.

Este aspecto tiene su interés documental, por cuanto se ha insistido en cierta bibliografía historicista que las acciones de Muhammad (Bpd) durante aquellos decisivos meses fueron muy calculadas y pragmáticas, lo cual no es del todo inexacto en cierto plano elemental de la realidad; no obstante, en las actuaciones de dimensión más relevante y trascendente del Profeta y sus allegados, concientes de la identidad de aquel momento, aún frente a los cálculos que en aquel tiempo se hicieran por parte de la Ummah para conciliar los usos antropológicos árabes y la nueva realidad religiosa islámica, primó esencialmente la sumisión a las indicaciones de la Revelación, como no podía ser de otra forma. En este caso concreto, el Profeta Muhammad actuó conforme a los usos tradicionales de respeto a la sacralización del mes de Rayab, hasta que la revelación de la mencionada aleya indicó un procedimiento correcto de comportamiento, ilustrando a los creyentes sobre la prioridad que había de tenerse en cuenta, que no había de ser otra cosa que la defensa del legado comunitario: los derechos a la libertad de culto que se les limitaba, frente al pietismo de cuartada de los incrédulos que pretendían beneficiarse de la nomenclatura religiosa de cierto meses y zonas. La islamidad muhammadiana, pues, fue una entidad de orden superior cimentada a impulsos de las revelaciones concretas que en torno a la cotidianeidad se fueron sucediendo, un proceso de aprendizaje y asunción para el colectivo íntegro de aquellos primeros creyentes en consonancia con los eventos metahistóricos que estaban siendo llamados a vivir. La pulcritud y respeto que el Profeta (Bpd) mostró a los usos de la costumbre, como posteriormente a la Revelación, aún con evidentes perjuicios para sus intereses materiales mediatos, desdicen cualquier mezquina insinuación de oportunismo por parte de la Comunidad de creyentes medineses, como alguna historiografía ha insinuado, ignorando las claves del proceso revelador y su entidad misma.

En ello hubo una nueva instrucción profética, pues mostró la significación de un sentido de la prioridad netamente esencialista en la doctrina islámica, anteponiendo el deber de preservar la sociedad y el bienestar de los creyentes, a la mera práctica formal de la religiosidad exotérica. Esta norma fundamental, como estamos indicando, se ha interpretado tendenciosa y maliciosamente por parte de los refractarios históricos contra el Islam, aduciendo que los musulmanes no han sido ni son dignos de crédito político, por ser sus decisiones y prioridades doctrinales aparentemente aleatorias, ya que pueden, por ejemplo, llegar a combatir cuando deben ayunar; lo cual no deja de ser una paradoja, especialmente cuando la reflexión ha provenido por lo general de gentes incapaces de fidelidad a nada que no fuesen sus más primarios intereses, y actores de oportunidad sin ningún código como referencia más que su veleidad y conveniencia. Lo cierto es que el Profeta (Bpd), ordenando y disponiendo aquella operación en el mes de la abstinencia, colocaría el énfasis de la acción correcta en el deber superior de salvaguardar a los creyentes de sus enemigos, en aprovechar la oportunidad de fortalecer el Orden islámico y en priorizar los objetivos doctrinales, no considerando limitación alguna por la mera -aún importante- ritualidad del ayuno. ¿Qué valor puede tener un acto de adoración como el mortificarse con la privación del Ramadán, si no se podía realizar en el contexto deseable para un colectivo de creyentes?

Parece evidente que Muhammad (Bpd) legó con aquella decisión una enseñanza esencial a su Comunidad de todos los tiempos, pues le indicó la prioridad elemental de establecer las bases de un espacio de seguridad, autoridad y poder para los creyentes, más allá de la escrupulosidad ritual de la práctica religiosa. Esto tiene un sentido muy especial en los tiempos acomodaticios en los que voces medrosas, e incluso hipócritas, han llamado e incluso llaman a los creyentes a la pasiva comodidad del ritualismo contenido ¿Sería aceptado un sacrificio como el ayuno, cuando los musulmanes eran oprimidos y el opresor pasaba impune frente a aquellos?


Continuara…


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