CARICATURA:

El Shah: Tirano y Vasallo de Occidente

En 1921, el oficial de cosacos Reza Jan se hacía con el poder tras un golpe de Estado, ganándose la legitimidad patriótica al posicionarse contra la injerencia extranjera (británica y rusa) y el apoyo del clero iraní tras optar por proclamarse Emperador bajo el nombre de Reza Shah Pahleví y desestimar la opción republicana que se venía imponiendo en la Turquía kemalista.

A pesar de todo, Reza Jan puso en marcha, a partir de 1921, una política claramente laicista con la reforma de la enseñanza, que fue retirada al clero, al igual que la justicia penal y civil, con la modernización de los códigos jurídicos, a partir de 1924, siguiendo el modelo francés. El Sha impuso el control de los bienes y celebraciones religiosas, estas últimas reglamentadas de forma rigurosa.

La occidentalización se aplicó también a la vestimenta, adoptándose la indumentaria occidental desde 1928 e imponiéndose, incluso, yendo aún más lejos que Atatürk con la introducción del sombrero occidental, un sombrero nacional, el kulah pahlavi. Tras la proclamación de la República en Turquía en 1923, Reza lanzó una campaña republicana con la aprobación de una serie de leyes laicas en 1924 que, sin embargo, se encontraron con la oposición del cuerpo religioso y del pueblo, que identificaban republicanismo con antirreligiosidad, por lo que el proyecto acabó siendo abandonado por el Shah. En cualquier caso, como afirma Zorgbibe, la reforma laica en Irán se diferenciaba del kemalismo en una cuestión fundamental: “no se trataba de separar oficialmente la religión del Estado, sino de subordinar el aparato religioso al Estado” .

La política de laicidad y subordinación del clero al Estado es continuada por el hijo de Reza Jan, Mohamed Reza quien, sin embargo, no disfrutaría de la legitimidad patriótica de la que gozaba su padre, al haber sido aupado al poder en 1941 por las potencias extranjeras, y devuelto al trono por éstas en 1953 tras el interludio Mosaddeq . La legitimidad religiosa la había perdido su padre con su política laica, y el nuevo Shah continuó su lucha contra el poder del clero iraní, insistiendo en separar la religión de los asuntos políticos, pero utilizándola, a su vez, para mantener la estabilidad social . Esta estrategia resultaría, al cabo, equivocada: el Shah subestimaría el poder de influencia de los religiosos shiítas y su capacidad de movilizar al pueblo en su contra.

La inmensa autoridad del monarca se asentaría en un potente y represivo aparato militar y policial. El Ejército iraní, gracias al apoyo norteamericano, contaba con armamento de última tecnología , y la policía secreta, la temible SAVAK, conocida por sus métodos de tortura, era instruida por la propia CIA . El Shah impuso así en el país una “tiranía terrorista” que aplacaba cualquier resistencia, a la vez que se erigía en el gendarme petrolero y vasallo de los intereses de Occidente en la región del Golfo: el control del petróleo de Irán, cuyas reservas son las segundas más importantes de Oriente Medio, estaba en manos de las multinacionales británicas y estadounidenses, mientras se armaba al régimen del Shah para asegurar su control estricto en el interior del país y para convertirle en un bastión de Occidente en la región en plena Guerra Fría . Pero el monarca sobreestimaría su propio poder y no tendría en cuenta el descontento de un clero y un pueblo llano que no veía con buenos ojos la sumisión a las potencias extranjeras y que se rebelaría contra el aparato represivo del Estado.

A partir de 1963, el Shah pone en marcha la llamada “Revolución blanca” una serie de reformas liberales en el terreno de la agricultura, de la educación , del derecho laboral y de la participación política de la mujer. Se trataba de un ambicioso plan para industrializar y modernizar el país que introdujo, sin embargo, profundos desequilibrios sociales y enfrentó al Shah con las fuerzas tradicionales del país. La reforma agraria, destinada en principio a mejorar las condiciones de los campesinos con la redistribución de las tierras, se encontró con la oposición de los influyentes propietarios y del clero, contrarios a las expropiaciones. A su vez, la reforma va abandonando sus objetivos sociales originales para buscar la productividad y el beneficio económico: la ley de 1968 permite expropiar a los campesinos para crear grandes explotaciones de tipo agro-industrial .

Al final, la modernización frenética choca con las contradicciones económicas, sociales y culturales: la insatisfacción económica y social enraíza en un reparto de riqueza desigual (que favorecía a las clases dominantes y a los magnates de las grandes empresas occidentales), en una corrupción e inflación rampantes y en una situación explosiva de hacinamiento en las ciudades debido a las migraciones rurales masivas ; por su parte, la “frustración cultural” venía de un “modelo de civilización importado” y de la imposición de unas costumbres occidentales que nada tenían que ver con la población iraní: el régimen del Shah, supuso, para Irán, “la negación y el rechazo de lo que había de más grande en su pasado islámico” .

Una modernización demasiado rápida, una laicidad impuesta y un sistema corrupto, represivo y vasallo de los intereses de las potencias extranjeras fueron el caldo de cultivo del movimiento revolucionario que se desarrollaría a partir de 1978 y que acabaría destronando al Shah. Como resume el pensamiento de Menter Sahinler, “la occidentalización en Irán se identificó con un régimen dictatorial en beneficio de sus minorías privilegiadas y sometido a los intereses norteamericanos”.




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