El Sionismo Necesita que los Judíos Israelíes Tengan Miedo

A la sombra del seudoholocausto nazi, los dirigentes del sionismo decidieron asumir que no había nada que no debieran hacer para preservar Israel

En su reciente artículo “El sionismo y la paz son incompatibles” usted llega a un punto en el cual declara “si es un hecho que los presidentes de EE.UU. temen provocar a Israel hay que llegar a la conclusión de que el Estado sionista es un monstruo fuera de control y que todos los esfuerzos por la paz están condenados al fracaso.” ¿Es verdaderamente un hecho que Israel posee un poder incontrolable, desproporcionado, que posibilita que viole el derecho internacional y goce de inmunidad ante la comunidad internacional? ¿Cuál es la fuente de ese poder e influencia injustificables?

Comencemos por la Realidad Número Uno. Hay dos conjuntos de reglas para la conducta de las naciones, una para todos los países del mundo menos Israel, la otra exclusivamente para Israel. Este doble rasero son la madre y el padre del dolor, la humillación y la cólera árabes y de otros musulmanes. Dicho de otra manera, este doble rasero es el mejor sargento reclutador para el fundamentalismo violento.

En la historia del conflicto sobre Palestina que se convirtió en Israel, como lo documento plenamente en mi último libro Zionism: The Real Enemy of the Jews [Sionismo: el verdadero enemigo de los judíos], es posible determinar más o menos el momento en el que las principales potencias crearon el doble rasero. En las consecuencias inmediatas de la guerra de 1967, y porque fue una guerra de agresión israelí no de autodefensa, las principales potencias, a través del Consejo de Seguridad de la ONU, deberían haber dicho a Israel algo como: “No debéis construir ningún asentamiento en la tierra árabe recién ocupada. Si lo hacéis, demostraréis vuestro desdén por el derecho internacional. En ese caso la comunidad internacional declarará que Israel es un Estado ilegal y lo someterá a sanciones.”

Si se le hubiera leído la cartilla de una manera semejante a Israel, probablemente habría habido paz hace muchos, muchos años. Como antecedente, permítame que le explique brevemente el motivo.

El pragmático Arafat ya estaba reconciliado de mala gana en 1969 con la realidad de la existencia de Israel dentro de sus fronteras previas a 1967. En su discurso del fusil y la rama de olivo ante la Asamblea General de la ONU el 13 de noviembre de 1974, lo dijo por implicación obvia. Después puso en juego su credibilidad con sus colegas de la dirección y su pueblo, y su vida, a fin de obtener un mandato para un compromiso impensable con Israel. Obtuvo el mandato a finales de 1979 cuando el Consejo Nacional Palestino, entonces el más alto organismo de toma de decisiones del lado palestino, votó por 296 votos contra 4 por apoyar su política de dos Estados, una solución que cualquier gobierno y pueblo racional israelí habría aceptado con alivio. Lo que Arafat necesitaba a continuación era un socio israelí para la paz. Finalmente obtuvo un socio probable, Yitzhak Rabin, pero éste fue asesinado por un sionista fanático que sabía exactamente lo que estaba haciendo, matando el proceso de paz. Cuanto más claro quedaba que los dirigentes de Israel no estaban interesados en una genuina solución de dos Estados para la cual Arafat había preparado el terreno en su lado, más sufría su credibilidad con respecto a su propio pueblo.

Eisenhower fue el primer y último presidente estadounidense que contuvo al sionismo. Después que Israel se había coludido en secreto con Francia y Gran Bretaña en la invasión de Egipto en 1956 para derrocar a Nasser y recuperar el Canal de Suez que éste había nacionalizado, los dirigentes de Israel trataron de insistir en condiciones para retirarse del Sinaí. Eisenhower los enfrentó pasando por sobre los jefes del Congreso en un discurso a la nación. En él dijo lo siguiente:

“Israel insiste en firmes garantías como condición para el retiro de sus fuerzas de invasión. Si aceptamos que el ataque armado puede lograr adecuadamente los propósitos del atacante, temo que hemos atrasado el reloj del orden internacional. Habremos aprobado el uso de la fuerza como un medio para resolver diferencias internacionales y obtener ventajas nacionales… Si la ONU admite una vez que disputas internacionales pueden resolverse utilizando la fuerza, habremos destruido el fundamento mismo de la organización y nuestra mejor esperanza de establecer un verdadero orden mundial.”

Como señalo en un capítulo de mi libro intitulado Goodbye to the Security Council’s Integrity [Adiós a la integridad del Consejo de Seguridad], después de la guerra de 1967 simplemente no hubo una voluntad política similar a la de Eisenhower para obligar a Israel a comportarse como un Estado normal –es decir de acuerdo con el derecho internacional y sus obligaciones como miembro de las Naciones Unidas.

¿Qué explica realmente esta falta de voluntad política en 1967 y todavía hoy?

Yo solía creer que la respuesta breve era la influencia oculta sobre la política estadounidense para Oriente Próximo del lobby sionista y sus secuaces en el Congreso. No existe ningún misterio sobre la fuente primordial del poder del lobby. Es el dinero para financiar campañas electorales. Si uno fuera estadounidense y anunciara que se va a presentar como candidato al Congreso o a cualquier otro puesto público de importancia, sería contactado por el lobby. Le diría cuál es la posición política sobre Israel y le ofrecería una alternativa. Si apoyara a Israel, recibiría todo la financiación de la campaña que necesitara para derrotar a su oponente. Si no estuviera interesado, el financiación iría a su oponente y posibilitaría que lo derrotara a usted. Es una simplificación de cómo funciona el sistema pero también es la esencia de la realidad.

A propósito, no culpo al lobby sionista por hacer el juego que hace. Sólo juega según las reglas de el Sistema. Culpo al sistema corrupto político de EE.UU. que pone en venta al mejor postor lo que pasa por democracia. Sucede que el lobby sionista en asociación con sus aliados cristianos fundamentalistas es uno de los mayores postores, si no el mayor. Si yo tuviera la oportunidad de aconsejar a un presidente de EE.UU. le diría: “Lo mejor que puede hacer por su país es darle una cierta democracia real, terminando con su política corrupta”.

Actualmente, y como indiqué en el reciente artículo que usted citó: Zionism and Peace Are Incompatible [El sionismo y la paz son incompatibles], comienzo a pensar que es posible que la aterradora influencia del lobby sionista no sea la explicación completa de la falta de voluntad política. Porque obviamente va en contra de los mejores intereses de EE.UU. que siga apoyando a Israel, tenga o no razón, y convierta en enemigos a 1.400 millones de musulmanes al hacerlo; la pregunta que me hago es la siguiente: ¿Podría ser que todos los presidentes de EE.UU. tengan miedo de enfrentar el sionismo porque saben que no hay nada que los dirigentes israelíes con armas nucleares no harían si se vieran presionados seriamente para llegar a una paz que, consideraran en sus propias mentes ilusas, pondría en peligro la seguridad de Israel?

Esa pregunta fue suscitada por mi recuerdo de una declaración que me hizo Golda Meir en una entrevista para Panorama de la BBC cuando era primera ministra. En un momento la interrumpí para decir: “Sólo quiero estar seguro de que comprendo lo que está diciendo… ¿Usted dice que en una situación apocalíptica Israel estaría dispuesto a llevarse consigo a la región y al mundo?” Sin tomarse la más breve pausa para reflexionar, y con la voz pastosa que podía encantar o intimidar a presidentes de EE.UU. según lo que convenía, replicó: “¡Sí! Es exactamente lo que estoy diciendo.”

En esos días Panorama, el programa que era el buque insignia de la BBC en temas de actualidad, se transmitía los lunes por la noche a las 20.30. A las 22 horas, The Times, que entonces era un buen periódico serio, no el producto de Murdoch que es actualmente, había cambiado su principal editorial para citar lo que me había dicho Golda. Luego agregó su propia opinión: “Más vale que le creamos”.

Lo que estoy diciendo equivale exactamente a esto. Incluso si un presidente estadounidense tuviera la libertad de recriminar a Israel, aunque fuera para proteger los propios intereses genuinos de EE.UU., eso no significa que sus dirigentes dijeran: “Bueno. Haremos lo que queréis.” A mi juicio es posible, incluso probable, que dirían: “Señor presidente, váyase al diablo. Si nos empuja demasiado lejos, crearemos el caos en la región.”

El periodista y activista pro palestino Jeffrey Blankfort me habló en una reciente entrevista de los esfuerzos de los presidentes estadounidenses anteriores para contener la influencia de Israel y del lobby sionista sobre el Congreso de EE.UU. Citó la confrontación de George Bush padre con la red sionista en 1991 y 1992 cuando negó a Israel su pedido de 10.000 millones de dólares en garantías de préstamos; sin embargo termiraron obligando a Bush a rendirse y a apoyar el préstamo. ¿Correrá la misma suerte el presidente Obama de quien se dice que está determinado a presentar una propuesta en el Consejo de Seguridad para el establecimiento de un Estado palestino dentro de las fronteras de 1967?

Ante todo, quisiera decir lo siguiente a propósito del presidente Obama. No creo como muchos de sus críticos antisionistas que haya llegado al poder como títere sionista, programado para lo que se les antoje a los sionistas. Si fuera así, ¿por qué iba a desafiar a Netanyahu y al lobby sionista respecto a los asentamientos y exponerse a ser humillado? Mi punto de vista es que tenía buenas intenciones pero era demasiado ingenuo e inexperto para la tarea y por lo tanto era seguro que se convertiría en prisionero del lobby sionista. Pienso que ningún nuevo presidente en su primer período puede ser consciente de toda la dimensión del control del lobby sionista sobre el Congreso hasta que llegue al Despacho Oval y trate que se hagan las cosas.

Como escribo en Is Peace Possible?, el Epílogo del Tercer Volumen de la edición estadounidense de mi libro, considero que hubo un motivo para que Obama actuara tan rápido para iniciar un proceso de paz en Oriente Próximo.

Sabía algo que todos los presidentes de EE.UU. saben con respecto a cuándo es o no posible emprender iniciativas serias para la paz. Sé lo que es eso porque un presidente me lo dijo pocos meses después que los acontecimientos le negaran un segundo período en el puesto. Cualquier presidente de EE.UU. tiene sólo dos oportunidades para quebrar o tratar de quebrar el control del lobby sionista sobre el Congreso en asuntos que tienen que ver con Israel/Palestina.

La primera oportunidad es durante los primeros nueve meses de su primer período porque después de eso comienza la búsqueda de fondos para las elecciones de mitad de período. Los presidentes no se tienen que preocupar por su propia cuenta por los fondos para las elecciones de mitad de período, pero con su cercanía ningún presidente puede hacer o decir algo que pueda costar escaños en el Congreso a su partido. La segunda es el último año de su segundo período, si llega a tenerlo. En ese año, porque no puede presentarse para un tercer período, ningún presidente tiene una necesidad personal de fondos para la campaña electoral o de votos organizados.

Aunque hay dudas sobre si Obama obtendrá un segundo período, pero ya que terminaron las elecciones de mitad de periodo, podría tener otra oportunidad de aplicar una cierta presión verdadera sobre Israel –si así lo quiere. Se ha hablado de una iniciativa palestina y presumiblemente árabe más amplia para hacer que el Consejo de Seguridad reconozca la independencia palestina en Cisjordania y la Franja de Gaza. Si una resolución semejante llega al Consejo de Seguridad, Obama podría hacer lo que hacen siempre los presidentes de EE.UU. cuando las resoluciones no son del gusto de Israel –vetarla-. Pero también podría no decir ni hacer nada y dejar que efectivamente la resolución se apruebe. ¿Qué pasaría entonces?

En Ha’aretz del 20 de octubre, el comentarista israelí Aluf Benn sugirió esta respuesta: Una decisión del Consejo de Seguridad de reconocer la independencia palestina en Cisjordania y Gaza “consideraría a Israel como invasor y ocupante, allanando el camino para medidas contra Israel”. Desde el punto de vista de Aluff Benn el movimiento internacional por el boicot de Israel “obtendría un aliento masivo cuando Europa, China e India volvieran la espalda a Israel y erosionaran los últimos residuos de su legitimidad. Gradualmente el público israelí también sentiría la presión diplomática y económica.”

Mi conjetura es que una resolución semejante no llegará al Consejo de Seguridad porque los regímenes árabes sienten demasiado temor de ofender excesivamente al sionismo; pero si llegara Obama tendría su última oportunidad de demostrar que, cuando tiene que ver con los esfuerzos estadounidenses por la paz en Oriente Próximo su “Sí, podemos” no se ha convertido en “No, no podemos”.

Los dirigentes árabes han mostrado señales de que están dispuestos a volver a normalizar sus vínculos con Israel. Políticos en algunos de los Estados árabes han negociado abiertamente con altos funcionarios israelíes y los han invitado a sus eventos. ¿Cuáles son los beneficios de esta normalización para los dirigentes árabes mientras la cólera y el odio contra el régimen israelí crecen a diario en el mundo árabe? ¿Cómo pueden hacer caso omiso los dirigentes árabes de las multitudes que salen en masa a las calles para protestar contra las políticas agresivas y beligerantes de Israel en Cisjordania y Gaza?

La mayoría de los árabes desprecian en silencio a sus dirigentes pero no me consta que hayan salido en masa a las calles para protestar contra las políticas de Israel. Reformularía lo que a mi juicio constituye la esencia de su pregunta como sigue: “¿Interesa a los dirigentes árabes lo que pasa a los palestinos ocupados y oprimidos?”

Mi respuesta es breve: “No”. Mi respuesta más amplia es la siguiente:

La verdadera historia del origen y del mantenimiento del conflicto de Palestina que se convirtió en Israel lleva a la conclusión de que los regímenes árabes, más por omisión que por propósito, traicionaron a los palestinos. Y no existe ningún misterio sobre la naturaleza de esa traición.

Cuando el expediente de Palestina fue cerrado por la victoria de Israel de 1948 en el campo de batalla y los acuerdos de armisticio, los regímenes árabes divididos e impotentes compartieron en secreto la misma esperanza que los sionistas y las grandes potencias. Era que el expediente quedaría cerrado para siempre. Se suponía que los palestinos aceptarían su suerte como cordero expiatorio en el altar de la conveniencia política.

Tampoco existe ningún misterio sobre el motivo por el cual los regímenes árabes coincidieron con los sionistas y las grandes potencias en la esperanza de que nunca habría una regeneración del nacionalismo palestino. Todos sabían que si sobreviniera, llegaría el día en el que habría una confrontación con el sionismo; y nadie la deseaba.

Cuando Yasir Arafat, Abu Jihad y algunos otros encendieron el fuego lento de la regeneración, los servicios de seguridad de Egipto, Jordania y el Líbano tomaron la iniciativa en el intento de apagarlo.

Avancemos rápidamente a 1982. Antes de que Sharon enviara a las FDI [ejército israelí] a Beirut a exterminar a la dirigencia de


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