Agencia de Noticias AhlulBayt (ABNA): En la superficie, la creciente presión sobre Irán se presenta como un capítulo más de la rutina geopolítica contemporánea: sanciones, advertencias y el lenguaje familiar de la seguridad internacional. Sin embargo, bajo ese registro técnico late una tensión más profunda entre dos lógicas difícilmente reconciliables.
Por un lado, la lógica del poder que opera mediante redes de influencia, cálculo estratégico y disciplina del orden global −una élite que para muchos críticos simboliza el “epsteinismo”: un club VIP resorte del sionismo−; por otro, la memoria viva de Karbalá, donde el sacrificio de Husain fijó para la cosmovisión shií un principio incómodo para todo poder hegemónico.
Desde esta perspectiva, la disputa en torno a Irán excede el expediente nuclear o el equilibrio misilístico. Lo que aparece es un choque entre imaginarios políticos. En los archivos vinculados al caso Epstein asoman tramas de poder, sociabilidad de élites y zonas grises de la gobernanza global que alimentan la percepción −extendida en amplios sectores del mundo no occidental− de que el orden internacional funciona con una moral flexible para los fuertes y rígida para los demás.
En ese marco, la figura del líder iraní adquiere una centralidad que trasciende la coyuntura estratégica. Para amplios sectores de la opinión pública occidental se trata de un actor a contener. Para buena parte del mundo shií, en cambio, Ali Jamenei encarna la continuidad de una autoridad religiosa y política moldeada por la memoria de Karbalá, con una potencia intelectual admirada hasta por el filósofo, intelectual, politólogo y linguista, Noam Chomsky.
No es solo el jefe de un Estado bajo presión: es también un clérigo formado en las ciencias islámicas y heredero de una tradición que remite al linaje del profeta Muhammad. En esa superposición de planos −geopolítico, teológico y simbólico− se vuelve comprensible por qué toda escalada contra Irán es leída por sus partidarios no únicamente como una maniobra de contención estratégica, sino como un nuevo capítulo en la larga historia de confrontación entre poder hegemónico y resistencia.
Si se adopta la lente de la cosmovisión shií y de catorce siglos de memoria de resistencia, la hipótesis de que un conflicto prolongado podría volverse altamente costoso para EE. UU. e Israel aparece, al menos, como un escenario que algunos analistas consideran plausible.
La cosmovisión shií: la victoria en la derrota
Para entender por qué este conflicto difícilmente tendría una resolución rápida, es necesario comprender cómo se construye el imaginario del combatiente shií. No es solo una cuestión política: es teológica y existencial.
El evento fundacional del chiismo es la Batalla de Karbalá (680 d. C.), donde el imam Husain, nieto del profeta Muhammad, y un pequeño grupo de seguidores fueron derrotados por un ejército muy superior. Para la teología shií, Husain no “perdió”: su martirio consagró la primacía de la verdad frente a la tiranía.
El combatiente y la lógica del sacrificio
Dentro de este marco simbólico, la figura del oprimido que se levanta contra el poderoso ocupa un lugar central. El combatiente motivado por esta cosmovisión no se percibe a sí mismo únicamente como un actor militar, sino como sujeto de una obligación religiosa.
Esto no significa ausencia de cálculo estratégico, pero sí implica que el umbral psicológico frente al riesgo y la pérdida puede ser diferente del de ejércitos como el estadounidense o el israelí, con doctrinas puramente estatales. La adversidad, en lugar de desmoralizar, puede reforzar la narrativa de legitimidad y resistencia.
La asimetría del desgaste
Una guerra prolongada en la región del Golfo presenta riesgos evidentes para todas las partes. Para EEUU, el problema histórico ha sido el costo político y económico de los conflictos largos y sin desenlace claro.
Para Israel, la vulnerabilidad deriva de su escala territorial y demográfica frente a escenarios de saturación regional.
El eventual cierre del Estrecho de Ormuz, por ejemplo, tendría efectos disruptivos sobre la economía global, lo que vuelve especialmente incierto cualquier escenario de escalada.
Factores regionales
Irán cuenta con una red de aliados y actores afines en la región, entre ellos Hezbolá en Líbano y Movimiento Huzi en Yemen, además de milicias en Iraq y Siria (donde Al-Yulani no controla).
Respecto de Afganistán, la relación histórica entre Irán y Talibán ha sido conflictiva. Sin embargo, algunos analistas han planteado que, en escenarios de presión extrema contra EE. UU., podrían surgir convergencias tácticas limitadas basadas en intereses coyunturales más que en afinidad doctrinal.
¿Una guerra interminable?
En un conflicto prolongado, EEUU e Israel podrían obtener éxitos tácticos significativos. Pero la cuestión estratégica sería otra: si la estructura política iraní permanece en pie, y en el sexagésimo dia el Imam Jamenei, o quien lo reemplace (Ali Jamenei tiene 86 años) continúa en su despacho, y la narrativa de resistencia se fortalece, el resultado podría ser desastroso para norteamerica, AIPAC y el sionismo en general.
Esa es la verdadera derrota para una superpotencia acostumbrada a guerras desde hace 230 años, de 250 años de existencia: enfrentarse a un enemigo para quien el final no existe.
Y si como dijo el Imam Ali Jamenei, un portaaviones de EEUU es hundido, la era Trump estaría terminada.
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(Ahmad Diab, periodista/analista/escritor/Presidente de FIYAR (Federación Argentina de Entidades Islámicas Yafaritas); Encargado de los asuntos Islámicos del Centro Islámico de la Provincia de La Rioja)
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