11 abril 2026 - 17:49
Cuarenta días que sacudieron al Imperio: cómo Irán derrotó a Estados Unidos

Tras cuarenta días de guerra, ocurrió lo impensable. Estados Unidos se retiró sin vacilar, e Irán proclamó una «victoria histórica», consolidando su posición como una nueva superpotencia global.

Por Sarwar Abas


El adversario, pese a haber movilizado una fuerza abrumadora, se vio obligado a aceptar una propuesta iraní de diez puntos que contempla un alto el fuego permanente, el levantamiento de todas las sanciones primarias y secundarias y la retirada de las fuerzas de combate estadounidenses de la región.

La propuesta incluye asimismo el control pleno y firme de Irán sobre el estrecho de Ormuz, una vía estratégica que en el último mes alteró el equilibrio energético mundial.

Después de cuarenta días de una guerra que nunca debió haberse producido, los agresores no lograron cumplir ninguno de sus objetivos declarados. El presidente estadounidense, Donald Trump, buscó desesperadamente una salida al atolladero que él mismo contribuyó a crear, y el mundo fue testigo de algo sin precedentes: la derrota de una superpotencia a manos de una nación que se negó a retroceder.

La guerra de agresión contra Irán comenzó el 28 de febrero, en medio de negociaciones nucleares indirectas entre Teherán y Washington. Su objetivo inicial era audaz: un cambio de régimen en Irán. La primera oleada de ataques tuvo como blanco específico al Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyyed Ali Jameneí, junto con varios comandantes militares de alto rango. Las oleadas posteriores también apuntaron contra altos mandos y oficiales superiores.

Washington y Tel Aviv creían que esta vez sería diferente. A diferencia de la guerra de doce días de junio pasado, también desarrollada en medio de negociaciones nucleares, en esta ocasión los partidarios del cambio de régimen pensaban que el colapso de la República Islámica era inminente. Estaban profundamente equivocados, algo que sin duda ya han comprendido.

Inmediatamente después de lanzar la denominada «Operación Furia Épica», Trump expresó su confianza en que la agresión estadounidense permitiría al pueblo iraní derrocar su propio gobierno, con la esperanza de instalar en su lugar a una figura subordinada a Washington.

Tal vez el plan era replicar lo ocurrido en Venezuela. Pero Trump y sus asesores olvidaron que Irán no es Venezuela y que el pueblo iraní no es un espectador pasivo.

Tras los devastadores ataques de represalia iraníes, que destruyeron casi todas las instalaciones militares estadounidenses en la región, el presidente Trump emitió hace dos semanas una declaración forzada en la que afirmó que ya se había producido un «cambio de régimen» en Irán, aludiendo a la elección del ayatolá Seyyed Mojtaba Jameneí como nuevo líder del país.

Esa afirmación fue ampliamente ridiculizada. Como señaló un analista, la maquinaria bélica estadounidense-israelí no logró ni siquiera modificar los lemas revolucionarios de Irán, mucho menos derrocar un sistema que ha sobrevivido a casi cinco décadas de intrigas y conspiraciones.

Cuando el ayatolá Mojtaba Jameneí se dirigió a la nación el 13 de marzo, adoptó un tono desafiante: prometió vengar a los mártires, reafirmó la resistencia frente a la agresión y subrayó la importancia estratégica del estrecho de Ormuz.

Lejos de indicar un colapso, su elección puso de manifiesto una fortaleza institucional que sus adversarios no logran comprender. La República Islámica se sustenta en estructuras constitucionales no ligadas a una sola persona, y su doctrina estratégica permanece firme, como volvió a demostrarse durante esta guerra.

Trump llevaba tiempo presentando el programa nuclear iraní como una amenaza existencial. Antes de esta guerra, había amenazado con una acción militar para desmantelarlo, aunque previamente había afirmado que dicho programa había sido «aniquilado».

Finalmente, tras 40 días de guerra y retórica vacía, la fantasía del «cambio de régimen» también se desvaneció. El intento de atacar las instalaciones nucleares en Isfahán fracasó estrepitosamente, con pérdidas significativas para Estados Unidos sin alcanzar sus objetivos.

Trump también se había obsesionado con el estrecho de Ormuz, prometiendo reabrirlo. Sin embargo, la Marina iraní había cerrado de facto el paso a los buques estadounidenses y sus aliados desde el inicio del conflicto. Cualquier intento de cruzarlo sin el consentimiento de Irán suponía un grave riesgo.

Emitió varios ultimátums: 48 horas, luego cinco días, después diez días y nuevamente 48 horas; pero finalmente cedió y aceptó la propuesta iraní de diez puntos.

Los constantes cambios en los objetivos de la campaña militar estadounidense, del primer al cuadragésimo día, evidenciaron una sorprendente falta de estrategia y claridad.

Incluso políticos y analistas estadounidenses condenaron la guerra por innecesaria e injustificada.

Además del fracaso estratégico, Estados Unidos sufrió importantes daños militares y económicos a causa de los ataques de represalia iraníes. Solo en la primera semana, estos ataques habrían costado más de mil millones de dólares a los contribuyentes estadounidenses.

Un total de 99 oleadas de ataques con misiles y drones iraníes golpearon bases estadounidenses en toda la región, obligando a las fuerzas de EE. UU. a abandonar posiciones fortificadas.

La Quinta Flota estadounidense en Baréin sufrió los daños más severos, mientras que la fuerza aérea también experimentó pérdidas significativas de aeronaves y sistemas avanzados.

Por otro lado, el cierre del estrecho de Ormuz provocó un fuerte aumento de los precios del petróleo, con repercusiones a nivel global. En Estados Unidos, los precios del combustible se dispararon, incrementando la presión económica interna.

La popularidad de Trump cayó a niveles mínimos, aumentando la preocupación de cara a las elecciones de medio mandato.

Finalmente, Estados Unidos se vio obligado a aceptar las condiciones iraníes: alto el fuego permanente, control iraní del estrecho de Ormuz, aceptación del enriquecimiento de uranio, levantamiento total de las sanciones, retirada de las tropas estadounidenses de la región y cese de las hostilidades en todos los frentes.

Esto no es un empate. Es una derrota: histórica, innegable y contundente.

La era del poder estadounidense sin restricciones en Oriente Medio ha llegado a su fin.

Irán se ha convertido en una superpotencia regional, y el mundo debe aceptar esta realidad.





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