1 octubre 2026 - 23:38
fuente: Abna24
¿De dónde proviene el problema de las leyes humanas cuando el propio legislador es parte interesada?

La vida del ser humano es una vida social, y es natural que en ella surjan conflictos de intereses; por ello, se necesita una ley que sea perfecta en todos los aspectos. Para establecer una ley así, el legislador debe reunir las siguientes condiciones: 1- conocer todos los secretos del cuerpo y del alma del ser humano; 2- tener un conocimiento completo del pasado y del futuro; 3- ser conocedor de todos los asuntos; 4- que su ley tenga carácter práctico y no imaginario; 5- no incurrir en error, pecado ni equivocación; 6- no tener él mismo intereses en la sociedad. Nadie, salvo Dios, reúne estas condiciones; por lo tanto, la ley divina es la ley más perfecta.

Agencia de Noticias AhlulBayt (ABNA): La vida del ser humano es una vida social y, en principio, Dios ha depositado el amor a este tipo de vida en lo más hondo de la naturaleza innata de las personas, para guiarlas por este camino hacia metas más elevadas.

Sin embargo, es evidente que la vida en comunidad, con todas sus bendiciones, resulta problemática en ciertos aspectos y da lugar a choques, disputas y colisiones entre los intereses de los individuos.

Además, solo puede recorrer el camino de la perfección una sociedad en la que estén definidas las obligaciones de las personas y en la que la responsabilidad de cada cual, al igual que sus derechos, esté determinada. De ahí se hace evidente la necesidad de legislar normas sociales y de regular los derechos de los miembros de la sociedad.

Por consiguiente, la vida social sin una ley y un orden adecuados es, con mucho, peor que la vida individual; pues en ella no están garantizados los intereses sociales, mientras que sus contradicciones sí están presentes. Pero la cuestión es la siguiente: ¿quién debe promulgar estas leyes? ¿El ser humano o el Creador del ser humano?

Un breve análisis puede responder a esta pregunta: el legislador perfecto debe reunir las siguientes condiciones para poder establecer la ley más digna:

1- Ante todo, debe ser un conocedor perfecto del ser humano, conocer todos los secretos del cuerpo y del alma humanos, así como sus emociones, instintos, deseos, caprichos, aspiraciones, disposiciones innatas y percepciones racionales; y también debe abarcar todos los principios que rigen las relaciones de los seres humanos entre sí, para poder establecer leyes acordes con todo ello.

2- Debe tener un conocimiento completo del pasado y del futuro, hasta épocas lejanas, para ver en el pasado la raíz de los complejos problemas actuales y evaluar también los efectos de las leyes de hoy en la vida futura de la humanidad; porque resolver los problemas de hoy sin conocer sus raíces en el ayer no es posible, del mismo modo que la utilidad de una ley en el presente no parece suficiente si no se atiende a sus repercusiones en el mañana (preste atención).

3- El legislador digno debe poseer un conocimiento perfecto para poder, mediante sus leyes, hacer aflorar todos los talentos y capacidades latentes en cada individuo y en la sociedad, dar actualidad a cuanto existe en potencia en la naturaleza del ser humano y, con el mínimo de pérdidas —que de forma natural existen en la vida colectiva—, procurar a la sociedad el máximo beneficio.

4- Las leyes deben tener un carácter práctico y no imaginario; contar con una garantía de ejecución suficiente y no carecer de respaldo; y, asimismo, su comprensión debe ser posible para todos, sin que resulten complejas ni ajenas a la comprensión de las personas.

5- El verdadero legislador es quien no comete desliz, pecado, error ni equivocación y, además, es compasivo y misericordioso con las personas para quienes desea legislar y, al mismo tiempo, de voluntad firme, sin temer a poder alguno.

6- El legislador digno es quien no tiene él mismo intereses en esa sociedad; porque los intereses personales y particulares, en todo caso, arrastran el pensamiento del legislador hacia sí mismos; pues, aunque pueda apartarse de sus influencias conscientes, no es posible que quede al margen de sus efectos inconscientes. Y, precisamente, el problema más importante del mundo actual, que ha provocado conflictos sangrientos y disputas opresivas, son estas mismas leyes promulgadas por los llamados pensadores de cada sociedad, cada uno de los cuales tiene en cuenta sus propios intereses, o los de su grupo y su país; y, sin duda, estos egoísmos y estrecheces de miras no tendrán más resultado que la intensificación de las contradicciones y los conflictos.

¿Se encuentran estas seis cualidades mencionadas en alguien que no sea la esencia pura de Dios?

Aquel que es el Creador del ser humano y está al tanto de todos los secretos de su existencia; aquel cuyo conocimiento abarca el pasado y el futuro por miles de millones de años, y que conoce las raíces y los secretos de cada cosa, así como las repercusiones y los resultados de cada asunto. Aquel en cuya esencia pura no tienen cabida el error, el desliz ni la equivocación y, en definitiva, aquel que no necesita de nada ni de nadie para tener que asegurar sus propios intereses.

De aquí concluimos que toda ley distinta de la ley de Dios es deficiente y está abocada al fracaso, y que todo mandato distinto del mandato divino es indigno de confianza y carece de buen desenlace. (1)

Nota al pie:

(1). Compilado del libro: Mensaje del Corán (Pāyām-e Qurʾān), Gran Ayatolá Naser Makarem Shirazi, Dar al-Kutub al-Islamiya, Teherán, 2007, vol. 7, p. 41.

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