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Fuentes : Shafaqna
jueves

25 enero 2024

11:49:29
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Exégesis del Corán del Al-Mîzân de Allâmah Sayid Muhammad Husain at-Tabâtabâî, Sura al-Baqarah (Parte 6-2)

SANTIAGO. (ABNA) – Capítulo dos, sura al-Baqarah (La Vaca), doscientos ochenta y seis versículos – ¾ MEDINA.


يَا أَيُّهَا النَّاسُ اعْبُدُواْ رَبَّكُمُ الَّذِي خَلَقَكُمْ وَالَّذِينَ مِن قَبْلِكُمْ لَعَلَّكُمْ تَتَّقُونَ (٢١).  الَّذِي جَعَلَ لَكُمُ الأَرْضَ فِرَاشاً وَالسَّمَآءَ بِنَآءً وَأَنزَلَ مِنَ السَّمَآءِ مَآءً فَأَخْرَجَ بِهِ مِنَ الثَّمَرَاتِ رِزْقًا لَّكُمْ فَلاَ تَجْعَلُواْ لِلَّهِ أَندَادًا وَأَنتُمْ تَعْلَمُونَ (٢٢).  وَإِن كُنتُمْ فِي رَيْبٍ مِّمَّا نَزَّلْنَا عَلَى عَبْدِنَا فَأْتُواْ بِسُورَةٍ مِّن مِّثْلِهِ وَادْعُواْ شُهَدَائَكُمْ مِّن دُونِ اللَّهِ إِنْ كُنتُمْ صَادِقِينَ (٢٣).  فَإِن لَّمْ تَفْعَلُواْ وَلَن تَفْعَلُواْ فَاتَّقُواْ النَّارَ الَّتِي وَقُودُهَا النَّاسُ وَالْحِجَارَةُ أُعِدَّتْ لِلْكَافِرِينَ (٢٤).  وَبَشِّرِ الَّذِين آمَنُواْ وَعَمِلُواْ الصَّالِحَاتِ أَنَّ لَهُمْ جَنَّاتٍ تَجْرِي مِن تَحْتِهَا الأَنْهَارُ كُلَّمَا رُزِقُواْ مِنْهَا مِن ثَمَرَةٍ رِّزْقًا قَالُواْ هَذَا الَّذِي رُزِقْنَا مِن قَبْلُ وَأُتُواْ بِهِ مُتَشَابِهًا وَلَهُمْ فِيهَآ أَزْوَاجٌ مُّطَهَّرَةٌ وَهُمْ فِيهَا خَالِدُونَ (٢٥)

¡Hombres! Adorad (servid) a vuestro Señor, Que os ha creado a vosotros y a quienes os precedieron. Quizás, así, podáis guardaros (contra el mal) (21). Quien ha hecho de la Tierra lecho y del cielo edificio. (Quien) ha hecho bajar agua del cielo, mediante la cual hace brotar frutos para sustentaros. No atribuyáis iguales a Dios a sabiendas (22). Si dudáis de lo que hemos revelado a Nuestro siervo, traed una sura semejante a él, y si es verdad lo que decís llamad a vuestros testigos en lugar de llamar a Dios (23). Pero, si no lo hacéis —y nunca podréis hacerlo— guardaos del fuego cuyo combustible lo constituyen hombres y piedras, que ha sido preparado para los infieles (24). Anuncia la buena nueva a quienes creen y obran bien: tendrán jardines celestiales por cuyos bajos fluyen arroyos. Siempre que se les dé como sustento algún fruto de ellos, dirán: “Esto es igual a lo que se nos ha dado antes”. Pero se les dará solo algo parecido. Tendrán parejas purificadas y estarán allí eternamente (25).

El Corán atribuye el milagro a una causa invencible

Lo dicho al respecto hasta ahora, ha dejado en claro que el milagro, como otras cosas naturales y sobrenaturales, necesita una causa natural. Y todas las causas (naturales) dependen de otras metafísicas. De ese modo, todos los sucesos y efectos pueden ser divididos en cuatro categorías:

Primera: Los sucesos normales: Pasan a existir por causas manifiestas, naturales acompañadas por causas reales. En la mayoría de los casos esas causas reales o verdaderas son materiales y dependen de la voluntad y mandato divinos.

Segunda: Los sucesos extraordinarios de naturaleza mala, como los de la adivinación y artes oscuras: Son producidos por causas naturales, aunque inusuales y anormales, acompañadas de causas reales, las que dependen del permiso y voluntad divinos.

Tercera: Los sucesos extraordinarios de naturaleza buena, como sería un ruego respondido por Dios: Son producidos por causas reales y naturales, con el permiso y voluntad de Dios. Pero no contienen ningún elemento de desafío, es decir, no persiguen probar la verdad de ningún reclamo o afirmación.

Cuarta: Los milagros: Los sucesos de buena condición, sobrenaturales, extraordinarios, que son realizados como un desafío para demostrar la verdad de una afirmación o apelación. También son producidos por medio de causas reales y naturales, con el permiso y la voluntad de Dios.

Las categorías tercera y cuarta poseen una cualidad extra: sus causas se ven fortalecidas por un factor invencible que nunca puede ser subyugado, dominado, en tanto siempre es concomitante con el mandato decisivo de Dios.

Cuestionamiento: Es raro decir que el milagro se produce por una causa natural. Supongamos que descubrimos la causa real de un milagro. ¿Será posible que entonces lo produzcamos nosotros? Si decimos que sí, entonces lo milagroso sería una cuestión relativa. Cualquier acción sería un milagro a los ojos de quienes son inconscientes de su causa, aunque sería algo totalmente común para quien la conoce. De la misma manera, un suceso que se creía un milagro en épocas que se ignoraban sus causas, no se lo vería así en otra época en la que avanzaron la ciencia y el conocimiento. Para nada se tratarían de milagros los sucesos cuyas causas naturales, reales son encontradas por la investigación científica. Y si a todos los milagros se les encuentra una explicación científica, no se podría usar ninguno de ellos como evidencia de la verdad que alega un profeta.

Respuesta: Lo milagroso de un suceso no depende del desconocimiento de su causa. Tampoco algo es un milagro porque emana de una causa rara o misteriosa. Se trata de un milagro lo que es producido por una causa extraordinaria, invencible que no puede ser subyugada, anulada. Veamos el caso de una persona muy enferma que de repente se cura debido a los ruegos de un creyente. Se denomina un hecho milagroso porque emana de una causa invencible. Nosotros sabemos que esa persona podría haberse curado a través de un tratamiento médico, lo cual habría sido un proceso normal. Pero esta causa, es decir, el tratamiento médico, podía verse frustrado, anulado, por otros factores más poderosos, motivo por el cual a esa cura no se la llama milagro.

El Corán considera el milagro como una demostración de autenticidad de la reivindicación de la Misión Profética

Cuestionamiento: ¿Cuál es la relación entre el milagro y la veracidad de la reivindicación de la misión profética? La razón fracasa para ver cualquier relación vinculante entre ambos. Pero el Corán afirma una y otra vez esta correspondencia, lo que se puede observar en la historia de distintos profetas, como en las de Heler, Sale, Moisés, Jesús y Muḥammad (la paz sea con todos ellos). El Corán narra que apenas anunciaban su pretensión de ser profetas, el pueblo les pedía que produjeran milagros para probar la verdad de lo que afirmaban. Y ellos respondían exhibiendo milagros.

No solamente eso. Algunos expusieron los milagros incluso antes de que sus pueblos se los pidiesen. Dijo Dios a Moisés (P) al comienzo de su misión: “Ve, acompañado de tu hermano, con Mis signos, y no descuidéis el recordarme” (C. 20:42). Y Él dijo respecto a Jesús (P): “Y como enviado a los Hijos de Israel: Os he traído un signo que viene de vuestro Señor. Voy a crear para vosotros, de la arcilla, a modo de pájaros. Entonces, soplaré en ellos y, con permiso de Dios, se convertirán en pájaros. Con permiso de Dios, curaré al ciego de nacimiento y al leproso y resucitaré a los muertos. Os informaré de lo que guardáis en vuestras casas y de lo que coméis. Ciertamente, tenéis un signo en ello si sois creyentes” (C. 3:49).

Lo mismo sostiene el Corán respecto a lo que fue dado al Profeta Muḥammad (PBD) al principio de su misión. La razón no ve ninguna relación entre, por una parte, la verdad del mensaje de un apóstol, enviado o profeta, y por otra parte su capacidad para exhibir un signo sobrenatural.

Además, la belleza de los principios expuestos por los enviados y los profetas, fortalecidos como están por las pruebas irrefutables, eximen de la necesidad de un milagro a la persona inteligente y de conocimiento. Por eso se dice que los milagros son necesarios para gente simple, pues no pueden entender un discurso instruido.

Respuesta: Los profetas no han producido los milagros para demostrar algún principio de la religión, como la creencia en la unicidad de Dios, el Día de la Resurrección, etc., verdades que podrían ser comprobadas por medio de la razón y el intelecto. Los profetas siempre dieron pruebas de esas cosas valiéndose del razonamiento y los argumentos lógicos. Por ejemplo, dice Dios respecto a la existencia del Creador: “¿Es posible dudar de Dios Creador de los cielos y de la tierra?” (C. 14:10). Y dijo Él acerca de la Resurrección: “No hemos creado en vano el cielo, la tierra y lo que entre ellos hay. Así piensan los infieles. Y, ¡ay de los infieles, por el Fuego! ¿Trataremos a quienes creen y obran bien igual que a quienes van por la tierra corrompiéndola, a los temerosos de Dios igual que a los pecadores?” (C. 38:27-28).

¿Por qué se les pidió a los enviados entonces que exhiban milagros y por qué los realizaron? Fue para probar que ellos, efectivamente, eran enviados de Dios. El sentido era afirmar su carácter de auténticos.

Los profetas sostenían ser enviados de Dios, que Él les había revelado Su mensaje, directamente o a través de un ángel. Se trataba de la afirmación de un suceso sobrenatural, de la afirmación de una realidad más allá de los sentidos físicos y de la cognición mental de su pueblo, de un hecho por encima del nivel de percepción de la generalidad de los seres humanos. Si la afirmación era correcta, sería una disposición metafísica especial reservada solamente a los profetas. La dificultad estaba en que estos se asemejaban a cualquier otra persona en su humanidad y en sus características. ¿Cómo podían verse favorecidos por esa relación especial con el mundo, más allá de la naturaleza?

Los infieles recurrían a dos métodos para desaprobar la afirmación de los profetas:

Primer método: Intento de refutación valiéndose de una serie de argumentos.

a) Dijeron: “No sois más que unos mortales como nosotros. Queréis apartarnos de los dioses a los que nuestros padres servían…” (C. 14:10). Los enviados eran como todos los hombres. Pero los demás hombres no recibían esas revelaciones que testimoniaban los enviados. Si estos podían recibir revelaciones de Dios, ¿por qué no las podrían recibir también otros? ¿No eran todos semejantes en su humanidad?

Los apóstoles respondían así: “Sus enviados les dijeron: No somos más que unos mortales como vosotros, pero Dios colma de gracia a quien Él quiere de Sus siervos…” (C. 14:11). Los profetas aceptaban que eran como todos los hombres en sus características humanas, pero explicaban que el apostolado era un favor muy especial de Dios, que Él lo concedía a quien quería. No es difícil advertir que, aunque todas las personas poseen los mismos rasgos, algunas reciben favores especiales. Por supuesto, si Dios hubiese querido, podría haber concedido ese favor a todo ser humano, pero Él eligió para ello a quien quería. Se trata del mismo argumento con el que arremetían contra el Profeta (PBD): “¿Se le ha revelado la Amonestación a él solo, de todos nosotros?” (C. 38:8).

b) De la misma naturaleza, pero con algunos sarcasmos agregados, resultaban las observaciones de los politeístas de Meca: Y dijeron: “¿Por qué no se ha revelado este Corán a un notable de una de las dos ciudades?” (C. 43:31); Y dicen: “¿Qué clase de Enviado es este que se alimenta y pasea por los mercados? ¿Por qué no se le ha mandado de lo alto un ángel que sea, junto a él, monitor? ¿Por qué no se le ha dado un tesoro o por qué no tiene un jardín de cuyos frutos pueda comer…?” (C. 25:7-8).

Lo que querían decir era lo siguiente: si el Apóstol del Islam ha sido elegido realmente por Dios, para recibir la revelación divina, debe ser alguien por encima de todos los mortales. Entonces, ¿por qué requiere alimentos para comer y por qué está obligado a andar por los mercados para ganarse el sustento? Si verdaderamente es un representante de Dios, se lo debería haber visto acompañado por un ángel que le asista en su trabajo, o se le debería haber dado un tesoro para evitarle la tarea de ganarse el sustento en los mercados, o un jardín, de modo que no necesitase alimentos como el resto de los mortales.

Dios les respondió en estas palabras: “¡Mira a qué te comparan! Se extravían y no pueden encontrar un camino… Antes de ti no mandamos más que a enviados que se alimentaban y paseaban por los mercados. Hemos puesto a algunos de vosotros como prueba para los demás, a ver si tenéis paciencia. Tu Señor todo lo ve…” (C. 25:9-20). Y en respuesta a la demanda de que envíe un ángel, se dice en otro capítulo: “Si hubiéramos hecho de él un ángel, le habríamos dado apariencia humana y, con ello, habríamos contribuido a su confusión”. (C. 6:9).

c) Después de cierto tiempo plantearon demandas más elevadas: Los que no cuentan con encontrarnos, dicen: “¿Por qué no se nos ha enviado de lo alto ángeles o por qué no vemos a nuestro Señor? Fueron altivos en sus adentros y se insolentaron sobremanera”. (C. 25:21). De acuerdo a lo que pensaban, entre ellos y el Profeta (BPD) no había ninguna diferencia. Todos eran seres humanos. Entonces, ¿por qué se le debería reservar a él este oficio del apostolado? Opinaban que a ellos también les deberían visitar los ángeles e incluso, mejor aún, deberían ver al Señor. Dios les respondió: El día que vean a los ángeles, no habrá, ese día, buenas nuevas para los pecadores. Dirán: “¡Límite infranqueable!” (C. 25:22). Esto significa que, si persisten en su incredulidad, no verán a los ángeles sino en el momento de la muerte, y entonces no encontrarán ningún gozo en ello. La misma cosa se menciona en otro versículo: Dicen: “¡Eh, tú, a quien se ha hecho bajar la Amonestación! ¡Eres, ciertamente, un poseso! Si es verdad lo que dices, ¿por qué no nos traes a los ángeles? Haremos descender a los ángeles de veras y, entonces, ya no les será dado esperar” (C. 15:6-8).d) Este último versículo nos muestra un mayor retorcimiento de las “deducciones” de los críticos. De acuerdo a lo que pensaban, el Profeta (PBD) era veraz al afirmar que era portador de la revelación, pero estaba mentalmente insano. Cualquier mensaje que transmitiese era producto de una mentalidad inestable y por lo tanto no era adecuado. El mismo argumento fue presentado contra Noé (P), como dice el Corán: “…Desmintieron a Nuestro siervo (Noé) y dijeron “¡Es un poseso!”, y fue rechazado” (C. 54:9).

Estos fueron sus distintos “argumentos” frente a las afirmaciones del Profeta (PBD), los cuales se basan en la semejanza de los profetas y sus contemporáneos en lo que hace a la condición de seres humanos.

Relacionado: Exégesis del Corán del Al-Mîzân de Allâmah Sayid Muhammad Husain at-Tabâtabâî, Sura al-Baqarah (Parte 6-1)

Segundo método: Consiste en rechazar totalmente las afirmaciones de los profetas y demandarles la prueba de su autenticidad, pidiéndoles que traigan signos que exhiban que en realidad son representantes de Dios y receptores de Su revelación.

Los enviados y profetas afirmaban una distinción que era intangible y desconocida para sus contemporáneos. Afirmaban que se les había dado el apostolado o misión profética, que Dios había hablado con ellos directamente, o indirectamente a través de los ángeles. Pero esas afirmaciones no podían ser verificadas por ninguna prueba o experimentación. Se las podía objetar dos maneras: (a) no había ninguna prueba de que tal afirmación fuera cierta; (b) se tenía la prueba de que no era cierta. La revelación, el mensaje divino, (y la sharī‘ah y disciplina religiosa resultante), no podían ser experimentados por nadie más que el que afirmaba haberla recibido, motivo por el cual el sistema normal de causa y efecto no se cumplía, iba en contra de ello. Si una suposición así fuese cierta, significaría que el Profeta (PBD) estaba en contacto directo con la existencia más allá de la naturaleza, que estaba en sintonía con el poder divino, el poder que puede cambiar el curso de la naturaleza, que puede hacer que el efecto se dé sin sus causas normales. En ese caso, debería ser capaz de producir algún otro efecto sobrenatural tangible. Después de todo, los sucesos sobrenaturales son semejantes, en tanto conciernen a la autoridad divina. Si Dios habla al Profeta (PBD) —un efecto sobrenatural—, este debería exhibir algún otro efecto sobrenatural con el objeto de probar la verdad de lo que afirma, es decir, que recibe la revelación de Dios. Si Dios quiere guiar al pueblo rectamente por medio de algo sobrenatural, es decir, la revelación, entonces dejemos que Él pruebe la veracidad de Su Profeta por medio de otro suceso sobrenatural, es decir, el milagro.

A eso se debe que los pueblos reclamaban milagros a cualquier profeta enviado a ellos. Querían milagros para verificar su afirmación de la misión profética y estar seguros de la veracidad de sus enseñanzas. Supongamos que un hombre es enviado por un gobernante a sus súbditos con determinadas órdenes y leyes. Al llegar a destino la gente le pedirá sus credenciales. ¿Estará satisfecha la población si el enviado, en la coyuntura, explica la sabiduría que subyace en cada norma y regulación? Ciertamente, no. La población dirá: todo lo que usted dijo demuestra que esas normas son sabias y buenas para nosotros, pero no demuestra de ninguna manera que son de nuestro gobernante ni que usted es su delegado y que está autorizado a manejar nuestros asuntos en su nombre. Creeremos en su afirmación solamente cuando nos exhiba una credencial en tal sentido, por ejemplo, una designación escrita debidamente firmada por el gobernante y con el sello oficial. Eso es lo que los politeístas dijeron al Profeta: “…mientras no nos hagas bajar una Escritura que podamos leer…” (C. 17:93).

De lo dicho arriba quedan sumamente en claro dos cosas:

Primero: El milagro tiene una relación inseparable con la autenticidad de la misión profética afirmada. Instruidos o ignorantes, personas comunes o de la élite, todos requieren el milagro para llegar a aceptar como veraz la afirmación de un profeta.

Segundo: Lo que el profeta recibe y percibe de la revelación es totalmente distinto de lo que nosotros sentimos por medio de los sentidos o comprendemos por medio del intelecto. En palabras sencillas, la revelación no es una función de la mente, es una realidad totalmente separada del “correcto pensar”. Este hecho resulta totalmente claro en el Libro de Dios y nadie que tenga una pizca de sentido común puede abrigar duda alguna acerca de ello.

Pero en tiempos recientes algunos “estudiosos” han cerrado los ojos a esa realidad e intentaron reinterpretar los sucesos espirituales y el conocimiento divino a la luz de las ciencias naturales. En consecuencia, basan sus explicaciones en la teoría materialista. Creen que la comprensión y percepción humanas son características de la materia, emanan del cerebro. Opinan que todas las perfecciones y méritos reales —ya sean de un individuo o de un grupo— son solamente desarrollos de la materia. Centrados en esas premisas, han explicado la misión profética y todos los factores espirituales relacionados, en función de una serie de lineamientos materialistas.

Según ellos la capacidad para la profecía es una especie de agudo poder mental, una forma de genialidad intelectual. El genio que se llama profeta observa las condiciones sociales de su pueblo, analiza lo que ha heredado en materia de creencias, ideas, costumbres y supersticiones, a las que modifica con el objeto de conformarlas a las necesidades de la época y del lugar, de la manera más apropiada posible. A la luz de ello estructura para la población los principios sociales básicos y ordena las regulaciones y normas prácticas con el propósito de elevar las normas de vida, la moralidad y la ética, para hacerlos mejores miembros de la sociedad. En función de esas hipótesis han declarado que:

1) El profeta es un genio intelectual que invita a su pueblo a mejorar la vida social.

2) La revelación es el pensamiento beneficioso que él recibe.

3) El libro divino es la colección de esos pensamientos e ideas beneficiosas, puesto que están libres de deseos personales y motivos egoístas.

4) Los ángeles, que los profetas dicen que llegan a ellos, son solamente las fuerzas materiales naturales que hacen a la marcha del mundo. O son cualidades psicológicas que conducen al ser humano a la perfección.

Satanás es una regresión de las mismas fuerzas materiales que envenenan la mente con malos pensamientos e incitan a la gente a acciones antisociales.

Del mismo modo han explicado todas las realidades acerca de las que han hablado los profetas, como ser la Tabla, el Cálamo, el Trono, el Escabel, el Libro, el Reconocimiento, el Jardín y el Fuego.

5) Las religiones son productos de las épocas. Cambian con el cambio de época.

6) Los milagros, atribuidos a los profetas, no son más que mitos y ficciones forjados en interés de la religión para fortalecer la creencia del pueblo común, o para resaltar el prestigio de los líderes religiosos a los ojos de sus seguidores.

En resumen, esto es lo que explican esos “estudiosos”. Pero la misión profética, en ese marco, debería ser llamada más precisamente un artificio o invento político, antes que una realidad divina. No es posible aquí arrojar luz sobre sus distintas facetas. Sin embargo, lo que los lectores no deberían pasar por alto es que esta interpretación no tiene nada que ver con lo que se ha descrito en el Libro de Dios y en las tradiciones de los profetas. Lo que condujo a esos “estudiosos” a tales interpretaciones fue la conformidad de las mismas a las teorías materialistas. Por eso rechazaron toda realidad metafísica e intentaron ponerla al nivel de las cosas inertes.

Se trata de personas académicas descendientes de un grupo anterior. Muchos teólogos de la primera época interpretaron cada realidad religiosa —el Trono, el Escabel, la Tabla, el Cálamo, los Angeles, etc.— en términos materiales, agregando, al mismo tiempo, que esas cosas existentes están más allá de lo que pueden abarcar nuestros sentidos. Ni hace falta decir que esa interpretación no se basa sobre ningún experimento real o percepción sensorial. Ahora que el área de las ciencias físicas se ha expandido tanto y todas las cosas son analizadas, experimentadas y probadas, la última generación fue obligada a rechazar la idea de la existencia de esas realidades religiosas porque, como mencionamos antes, su existencia no podía ser probada por ningún experimento o verificación. Por lo tanto, tuvieron que inventar otros significados, totalmente dentro del área de la percepción sensorial, para dichas realidades. Pensaban que de esa manera servían a la causa de la religión porque su interpretación pondría esas realidades dentro del reconocimiento físico y sensorial, salvándose así de ser rechazadas totalmente por los estudiosos modernos.

Ambos grupos se han descarriado del sendero recto. Los teólogos antiguos comprendían correctamente el sentido de esas palabras, sin recurrir a ninguna interpretación alegórica. Pero erraban cuando pensaban que eran cosas materiales, aunque más allá de la percepción sensorial, no sometidas a las leyes de la materia.

Los estudiosos modernos tomaron el camino equivocado desde el mismo inicio. Les dieron a esas palabras sentidos erróneos en su anhelo por hacerlas corresponder con realidades materiales, en su intento por rebajar esas sublimes verdades al nivel de las experiencias físicas.

La manera correcta es explicar esas palabras de acuerdo a los dictados del lenguaje y el uso. Luego vendrá la etapa de identificar, por ejemplo, cómo y dónde está el Cálamo y qué es. Esto debería hacerse con ayuda de otros versículos relevantes. Después que el Cálamo esté identificado, se lo puede comparar con las actuales ideas científicas para controlar si se opone a las mismas. Si ese examen revela que la entidad identificada está más allá del campo de la materia, entonces no debería ser aprobada o desaprobada por los principios de las ciencias físicas. La ciencia se ocupa de las cosas materiales y físicas. ¿Qué autoridad tiene para juzgar lo metafísico o espiritual? ¿Podemos estar de acuerdo en que un lingüista, por medio de las reglas gramaticales, apruebe o desapruebe una proposición de la astronomía? Si ello no es admisible, ¿por qué entonces deberían ser aplicadas las normas de las ciencias físicas a la aprobación, desaprobación o interpretación de las realidades metafísicas?

Corán. “Pero, si no lo hacéis —y nunca podréis hacerlo— guardaos del fuego cuyo combustible lo constituyen hombres y piedras, y que ha sido preparado para los infieles. Anuncia la buena nueva a quienes creen y obran bien: tendrán jardines celestiales por cuyos bajos fluyen arroyos. Siempre que se les dé como sustento algún fruto de ellos, dirán: Esto es igual a lo que se nos ha dado antes. Pero se les dará solo algo parecido. Tendrán parejas purificadas y estarán allí eternamente”.

El capítulo “La Vaca” comienza con la descripción de tres grupos: los piadosos, los infieles y los hipócritas. Pero luego todos fueron reunidos por medio de la palabra “¡Hombres!”, llamándolos a adorar a Dios. En este contexto, se los podría dividir en dos grupos: el de quienes respondieron a ese llamado (es decir, el de los creyentes) y el de quienes no respondieron al mismo (es decir, el de los incrédulos). Los hipócritas no entran en esta descripción porque aparentemente están con el primer grupo, aunque en realidad se incluyen en el segundo. Es posible que a eso se deba que la designación anterior del primer grupo “quienes se guardan del mal” haya sido reemplazada aquí por “quienes creen”.

al-Waqūd ( الوَقُودُ ) es “combustible”. El versículo dice que el propio ser humano es el combustible del Infierno para mantener el fuego ardiendo, quemándose en ese fuego. Dice Dios: “…y, luego, sean atizados en el Fuego” (C. 40:72); “Es el fuego de Dios que se eleva por encima de los corazones” (C. 104:6-7). El ser humano será quemado en un fuego que será atizado y alimentado por su propio ser.

El versículo 2:25 corre paralelo a los anteriores y encontramos el mismo principio: “Siempre que se les dé como sustento algún fruto de ellos, dirán: ‘Esto es igual a lo que se nos ha dado antes’. Pero se les dará solo algo parecido”. Se está indicando que el ser humano recibirá solamente lo que él mismo se ha preparado. Ha dicho el Profeta (PBD): “Como viven, así morirán; y como mueren, así serán levantados”. Pero la gente del Paraíso tiene una agradable distinción frente a la gente del Infierno, porque su Señor les dará un premio siempre creciente, más grande: “Tendrán allí cuanto deseen y aún dispondremos de más” (C. 50:35).

“…cuyo combustible lo constituyen hombres y piedras”: Las piedras a las que se refiere aquí son los ídolos que adoraban los infieles. Dice Dios: “Vosotros y lo que servís en lugar de servir a Dios, seréis combustibles para el infierno...” (C. 21:98).

“…Tendrán parejas purificadas…”: El adjetivo “purificadas”, puesto que califica a “parejas”, se refiere a la pureza de todas las cosas que puedan crear aversión o desagrado, ya sea en sus cuerpos o conductas. En otras palabras, las parejas dadas a los creyentes en el Paraíso estarán libres de cualquier característica o rasgo desagradable.

Tradiciones:

Narra aṣ-Ṣadūq que se le preguntó a aṣ-Ṣādiq (as) acerca de este versículo y dijo: “Las esposas puras son las que están libres de la menstruación y otros excrementos”.

Dice el autor: Algunas otras tradiciones han ampliado el sentido e incluido la limpieza de todo rasgo defectuoso, de toda característica que provoque aversión.