La diplomacia de Washington vive una etapa ambigua y cuestionada, donde decisiones unilaterales y la exclusión de diplomáticos experimentados han debilitado la confianza internacional. Este enfoque ha generado un clima de incertidumbre y desconfianza que afecta tanto sus relaciones bilaterales como su imagen global.
En el caso de Irán, las relaciones con Estados Unidos se encuentran nuevamente en un punto incierto, donde los límites entre el diálogo y la confrontación son cada vez más difusos. Las recientes acciones muestran que lo que se presenta como negociación podría, en realidad, formar parte de una estrategia paralela de presión y coerción.
La gestión de Donald Trump intensificó esta tendencia, al promover una política exterior centrada en decisiones abruptas y un desprecio abierto por los mecanismos multilaterales. Desde su retiro de acuerdos globales hasta su interferencia directa en los asuntos internos de otros países, Washington ha mostrado una inclinación creciente hacia el aislamiento y la imposición.
Este cambio estructural ha dejado fuera a diplomáticos de carrera, sustituidos por asesores ideológicos y figuras sin trayectoria profesional en materia internacional. El resultado, según analistas, es una política exterior imprevisible y desprovista de racionalidad institucional, cuyas consecuencias trascienden el ámbito bilateral y amenazan la estabilidad del orden internacional.
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