18 junio 2026 - 14:22
fuente: hispantv
Muharram: La topografía del duelo

Las calles de Teherán transitan estos días por una topografía del duelo que desafía las lecturas convencionales de la política regional. Nos encontramos en los días de Muharram, la conmemoración del martirio del Imam Husein en Karbala.

Por Xavier Villar

Reducir estas procesiones a una mera expresión de movilización estatal supondría un error analítico de calado. La atmósfera que envuelve a la República Islámica en este momento histórico preciso, inmediatamente después de la guerra de los cuarenta días contra Estados Unidos e Israel, posee una densidad ontológica que exige un marco conceptual distinto. La movilización popular, el ritmo de los cortejos fúnebres y la cadencia de las elegías configuran un significante onto-político. Este significante perturba los cimientos de la modernidad occidental, revelando los límites de sus propias categorías analíticas. La victoria iraní en ese conflicto asimétrico ha reconfigurado el tablero geopolítico, y el Muharram actúa hoy como el ámbito de convergencia donde se articula la memoria sagrada con la nueva realidad estratégica de la región.

Para abordar la magnitud de lo que ocurre en estos días, resulta imperativo desmantelar la dicotomía entre religión y política. Esta bifurcación epistemológica, heredada de la Ilustración europea y consolidada como herramienta de administración colonial, opera mediante una gramática específica. La categoría de religión, entendida como un dominio privado, íntimo y desprovisto de soberanía, funciona como un mecanismo de desposesión para las tradiciones no occidentales, diseñada para volverlas manejables dentro del orden liberal. El Muharram desborda por completo estos contenedores conceptuales. Se erige como una forma de estar-en-el-mundo, una praxis colectiva donde lo teológico y lo estratégico comparten el mismo registro ontológico. El duelo por el Imam Husein nutre la lealtad al Estado y la proyección de la seguridad nacional, otorgándoles un lenguaje trascendente que el secularismo resulta incapaz de traducir sin vaciarlo de su esencia. La secularización opera aquí como una tecnología de poder que busca neutralizar las soberanías alternativas, confinando lo sagrado a la esfera de la creencia subjetiva para despojarlo de su capacidad de intervención material.

En el contexto de la crítica musulmana contemporánea, esta convergencia se comprende como la afirmación de una soberanía radical. La República Islámica ha demostrado que su paradigma de resistencia se fundamenta en una matriz civilizatoria propia. La guerra de los cuarenta días ha puesto de manifiesto la vigencia de este modelo. Frente a la maquinaria bélica de la coalición adversaria, la respuesta iraní se articuló desde una ética del sacrificio y una concepción del poder que escapa a la lógica del cálculo militar puramente tecnocrático. El Muharram proporciona el vocabulario afectivo y conceptual para esta resistencia. Las masas que marcan el ritmo en las avenidas de la capital performan la continuidad de un proyecto emancipador que entiende la justicia como un mandato divino.

La modernidad occidental se sostiene sobre una concepción lineal, homogénea y vacía del tiempo. En esta cronología secular, los eventos históricos quedan encapsulados en el pasado, convertidos en meros antecedentes. Karbalá, bajo esta óptica hegemónica, sería un episodio trágico ocurrido en el año 680, confinado a los anales de la historia islámica primitiva. Muharram destruye esta linealidad. Genera una temporalidad alternativa, un tiempo denso y espiralado donde el pasado irrumpe en el presente con una inmediatez visceral, colapsando las distancias cronológicas. La historicidad secular exige la clausura del pasado para garantizar la estabilidad del presente; el ritual chií, por el contrario, exige su reapertura constante. Durante estas noches, el tiempo cronológico se suspende. La topografía de Karbala se superpone a la de Irán. Las arenas del desierto donde cayeron los compañeros del Imam Husein se mezclan con el asfalto de las ciudades iraníes, recientemente marcadas por la metralla de la guerra de los cuarenta días. Esta inmersión temporal otorga a la sociedad iraní una resiliencia extraordinaria, permitiéndole procesar el trauma y proyectar el futuro desde una continuidad histórica inquebrantable.

Esta experiencia temporal descoloca la pretensión occidental de poseer el monopolio de la historicidad. La guerra de los cuarenta días es absorbida por esta temporalidad sagrada. Los sistemas de defensa antiaérea, herramientas de la más alta tecnología militar, encuentran su significado último en el marco de un duelo que trasciende la materialidad del conflicto. La tecnología se subordina a la ética de la resistencia, y el sacrificio contemporáneo se legitima al inscribirse en la geografía intemporal del martirio. Lejos de la dicotomía entre tradición y modernidad, Irán demuestra que la sofisticación técnica puede coexistir con, y ser subordinada a, una metafísica no secular. La relación que el Muharram establece con la historia opera a través de una forma muy específica de nostalgia. A diferencia de la nostalgia reaccionaria, que busca la restauración literal de un estado original, el duelo chií mantiene la memoria en un estado de apertura radical e irresolución. El pasado se conserva intacto en su potencialidad, erigiéndose como un horizonte ético permanentemente actual.

La nostalgia que se performa en los espacios públicos mantiene viva la herida de la injusticia original, preservando la memoria como una fuerza activa que impide la complacencia. Esta herida abierta exige una vigilancia moral constante y una acción política ininterrumpida. En el marco de la crítica poscolonial, esta disposición temporal constituye un recurso formidable contra la clausura histórica que impone el capitalismo global. Mientras el discurso hegemónico promete un futuro de prosperidad material a cambio de la rendición política, la nostalgia del Muharram mantiene la demanda de justicia absoluta como una deuda impagable con el pasado y una obligación ineludible con el porvenir. Este horizonte ético, inasumible en su totalidad en el mundo material, actúa como una brújula inquebrantable que orienta la ética de la República Islámica.

La potencia de este significante onto-político y de esta temporalidad alternativa se proyecta con una claridad meridiana en la actual reconfiguración geopolítica de Oriente Medio. La guerra de los cuarenta días ha supuesto un punto de inflexión histórico. La derrota estratégica de la coalición liderada por Washington y Tel Aviv ha dejado al descubierto la fragilidad de las arquitecturas de seguridad diseñadas para marginar a Teherán. El equilibrio de poder en la región ha experimentado una dislocación estructural cuyos epicentros se sienten en todas las capitales del Golfo, provocando una fractura en las certidumbres del orden liberal regional. Abu Dabi, consciente de la nueva realidad, ha iniciado una recalibración profunda de sus asunciones estratégicas. Los Emiratos Árabes Unidos comprenden ahora que la República Islámica constituye un actor ineludible, el eje gravitacional sobre el que debe orbitar cualquier orden de seguridad duradero en la región. La inversión de capital político en una confrontación fallida ha dejado a las monarquías del Golfo con un margen de maniobra drásticamente reducido.

La arquitectura de seguridad emergente exige acomodar a Irán en su centro. Esta admisión de la realidad implica un giro copernicano en las relaciones intra-regionales, una rendición tácita ante la superioridad de un paradigma que combina capacidad disuasoria, profundidad estratégica y una cohesión social forjada en la matriz de la resistencia. El Muharram absorbe y sublima esta victoria geopolítica. Los discursos de los líderes políticos y religiosos entrelazan el triunfo militar con la narrativa del martirio. La supervivencia y el fortalecimiento de Irán frente a las potencias hegemónicas se interpretan como la vigencia del paradigma de Karbala. Las procesiones de este año están impregnadas de una confianza inquebrantable. La certeza de haber salido airosa de la coyuntura crítica más exigente de su historia otorga a los rituales una energía desbordante, mezcla de catarsis colectiva y afirmación soberana. El luto por Husein se transforma en la celebración de la autonomía de la comunidad de creyentes frente a los intentos de subyugación occidental.

La modernidad occidental había augurado la disolución de lo divino bajo el avance implacable de la racionalidad instrumental. Los teóricos de la secularización pronosticaron que las sociedades relegarían sus mitos fundacionales al ámbito de la superstición privada a medida que abrazaran la tecnocracia. La experiencia iraní, y de manera particular la intensidad del Muharram contemporáneo, refuta categóricamente esta teleología eurocéntrica. La República Islámica ha demostrado la viabilidad de articular un Estado moderno, dotado de las tecnologías más avanzadas y de una sofisticada doctrina de defensa, preservando intactos los marcos epistemológicos de su tradición islámica. Esta síntesis constituye un desafío intelectual mayor para las ciencias sociales occidentales, aún atrapadas en paradigmas decimonónicos. El Muharram, en este sentido, actúa como el espacio donde esta síntesis se renueva anualmente. Lejos de ser una anomalía histórica, Irán encarna la posibilidad de una modernidad alternativa, una que utiliza las herramientas del presente sin someterse a la metafísica del secularismo.

A medida que las jornadas del Muharram avanzan hacia su clímax en el día de Ashura, las calles de Irán continúan desplegando una cadencia que marca el compás de una civilización que se sabe a sí misma como alternativa. El significante onto-político que emana de estas procesiones sigue perturbando los sueños de la modernidad secular, recordándole sus propias exclusiones constitutivas. La temporalidad que aquí se despliega ofrece un refugio contra la tiranía del presente continuo impuesto por el capitalismo global, manteniendo viva la promesa de una justicia que trasciende los tribunales internacionales diseñados por los vencedores de las guerras mundiales. Irán emerge de la guerra de los cuarenta días con su prestigio regional intacto y con la certeza de haber forzado a sus adversarios a reconocer su centralidad indeclinable. En este nuevo orden, el Muharram se erige como el recordatorio anual de la continuidad viva de la historia, de la voz permanente de los mártires y de la soberanía inexpugnable de los pueblos que se aferran a su memoria sagrada. El duelo iraní, en su forma más pura, permanece como un acto de afirmación absoluta, una persistencia ontológica que la hegemonía occidental está condenada a enfrentar en cada ciclo de la historia.

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