15 junio 2009 - 19:30

«Es la primera vez que me ocurre», se excusaba el anciano. La preocupación por la actual crisis del alza de precios de productos alimenticios básicos no viene tanto porque pueda causar una hambruna como por la imposibilidad de los gobiernos más pobres y las clases más desfavorecidas a acceder a la comida.

La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la Organización de Países para el Desarrollo Económico (OCDE) alertaron el jueves de la subida de precios de algunos productos que está generando la carrera por los biocarburantes. «Hay enfoques alternativos más beneficiosos», dijo Ángel Gurría, secretario general de la OCDE. Este aviso es la antesala de la celebración de una cumbre mundial en Roma bajo el paraguas de la FAO entre el 3 y el 5 de junio.
En la actual coyuntura hay países que están en el centro de todas las preocupaciones por su especial debilidad. Son los denominados países de bajos ingresos y déficit alimentario (PFRDV, según sus siglas en francés). Mauritania importa el 70 por ciento de lo que come y a la presión del mercado internacional que soportan las autoridades se suma el desabastecimiento de algunas regiones.
Inseguridad severa
En Nuakchot, la capital, la población ve productos en las tiendas que no puede comprar porque son demasiado caros. En las zonas rurales se combina ese aumento del precio con las consecuencias, por ejemplo, de las inundaciones del año pasado, como en el Gorgol, que arrasó los campos de arroz.
En esa región sureña, que toma su nombre de un afluente del río Senegal, el 20 por ciento de la población vive bajo una inseguridad alimentaria severa, según las últimas estadísticas oficiales amparadas por Naciones Unidas. Allí, la provincia de Mbout presenta los peores datos del país: 36,7 por ciento de ciudadanos -más de 27.000- que sufren inseguridad alimentaria severa.
¿Se puede poner remedio a esta crisis? Un informe reciente de la FAO apunta a la necesidad de medidas inmediatas, como el plan de emergencia puesto en marcha por el presidente Sidi Uld Cheikh Abdallahi -con el que esta organización acaba de firmar tres acuerdos por un valor cercano al millón de euros-, pero también a medidas a largo plazo como dar un nuevo impulso a la agricultura.
En este sentido, Acción Contra el Hambre desarrolla en el Gorgol varios proyectos financiados por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), encaminados a mejorar el aprovechamiento agrícola para que la población local sea autosuficiente y dependa menos de la estacionalidad. También enseñan a preparar bloques nutricionales para que sirvan de complemento a la alimentación del ganado.
El objetivo es reservar las ayudas «gratis total» para verdaderas emergencias y que ellos mismos aprendan a hacer frente a los problemas coyunturales, como explica Delphine Perremans, responsable de ACH en Kaedi.
En poblados como Mafundu o Sinthiane Ndiakri, donde la Mauritania magrebí es ya Mauritania negra, no saben nada de biocombustibles porque no hay coches, ni carreteras y la electricidad llega de refilón. Esta es sin embargo, en opinión de Perremans, una población con cierto potencial porque, aunque no tiene agua corriente, sí cuenta con algún pozo y algunos animales, lo que «les hace menos vulnerables».
Efectivamente Amadou Dembele, responsable de bombeo del perímetro irrigado de Mafundu, no se refiere al empleo de cereales para poner en marcha vehículos pero sí habla del cambio climático, una de las claves a las que también se han referido los responsables del Programa Mundial de Alimentos (PAM). «Desde hace quince años las lluvias son cada vez más irregulares. De las inundaciones pasamos a la sequía. Este año los problemas se acentúan».