Aceptar con satisfacción el designio divino es una de las virtudes más nobles. Dios, que siempre vela por las faltas de Sus siervos, no quiere que, en los momentos de dificultad, estos se quejen de Él ante los demás; antes bien, desea que, en la intimidad, se dirijan a Él mediante la súplica y la humildad, y le confíen en silencio sus penas.
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