En el año 859 d.C., en la ciudad de Fez, Fátima al-Fihri, hija de un rico mercader originario de la actual Túnez, invirtió su herencia en un proyecto que reformularía la trayectoria intelectual del mundo musulmán y más allá.
En lugar de buscar el lujo personal, al-Fihri optó por dedicar su riqueza a establecer una mezquita que también sirviera como centro de aprendizaje. Esta institución evolucionaría más tarde hasta convertirse en la renombrada Universidad de Al-Qarawiyyin en Marruecos.
Una Mujer Detrás de un Hito Civilizatorio
Los relatos históricos enfatizan que al-Fihri supervisó personalmente el proceso de construcción. A pesar de desenvolverse en una estructura social dominada por hombres, mantuvo una supervisión directa del proyecto, asegurándose de que la dotación — concebida como un fideicomiso benéfico duradero — se realizara fielmente.
Lo que comenzó como una mezquita pronto se convirtió en uno de los centros intelectuales más significativos de la Edad de Oro del Islam.
A lo largo de los siglos, Al-Qarawiyyin se convirtió en un centro para la teología, la astronomía, las matemáticas, la medicina y la filosofía, nutriendo a algunos de los pensadores más influyentes de la historia, incluyendo a:
- Ibn Rushd (Averroes), el filósofo que influyó profundamente en la escolástica europea.
- Ibn Jaldún, ampliamente considerado un pionero de la sociología y la historiografía.
Los informes también sugieren que las primeras innovaciones científicas — incluyendo sofisticados mecanismos de medición del tiempo como los relojes de agua — se desarrollaron dentro de su entorno académico.
Un Legado de Conocimiento, Fe y Responsabilidad Social
El compromiso de al-Fihri no terminó con la construcción de la institución. Se dice que vivió modestamente cerca del complejo durante toda su vida, permaneciendo espiritual e intelectualmente conectada con el entorno de aprendizaje que había creado.
Su historia no es simplemente una anécdota histórica, sino un poderoso ejemplo de cómo el conocimiento, la filantropía y la fe pueden converger para producir un impacto civilizatorio perdurable.
En el discurso contemporáneo, su legado desafía las suposiciones tanto sobre los orígenes de las instituciones académicas como sobre el papel de la mujer en la configuración de la historia intelectual.
Más importante aún, subraya una lección más amplia: la inversión en conocimiento — ya sea a través de instituciones o de la educación personal — puede servir como una forma transformadora de contribución social.
Fátima al-Fihri no construyó únicamente un monumento de piedra.
Ella ayudó a construir una tradición de aprendizaje que continúa influyendo en el mundo más de once siglos después.
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