23 febrero 2012 - 20:30

MANAMA, Bahrein. (ABNA) - En el largo vuelo al Reino de Bahréin en el Golfo del 10 de febrero, había estado estudiando la guía de Lonely Planet de la región a fin de poder explicar en el aeropuerto, si fuera necesario, que iba como turista. Sucedió que, mientras la mayoría de los pasajeros en nuestro avión pasó fácilmente por el control de pasaportes, mi compañera de viaje Linda Sartor y yo fuimos sacados de la fila y sometidos a un examen más estricto. Mis conocimientos elementales sobre los sitios históricos y culturales que iba a ver fueron suficientes para satisfacer el escrutinio oficial. Nos dieron visas de turista y nos dejaron pasar.

Agencia de Noticias de Ahlul Bait (ABNA) - Era verdad que íbamos como turistas, Habíamos dejado de mencionar, sin embargo, que habíamos sido invitados a Bahréin junto a otros pocos activistas internacionales para presenciar la reacción del gobierno a las manifestaciones que marcaron el primer aniversario del levantamiento pro democracia de la “Primavera Árabe” de Bahréin del 14 de febrero. Esa demanda de derechos básicos fue brutalmente reprimida por la policía y los militares de Bahréin, respaldados por el ejército de Arabia Saudí.

Ciertamente no nos habrían dejado ingresar al país si hubiéramos revelado todas nuestras intenciones – pero como caviló una vez Daniel Berrigan: “¿Cuánta verdad les debemos?” De hecho, nuestra invitación de Nabeel Rajav, presidente del Centro de Derechos Humanos de Bahréin, llegó porque el gobierno había hecho saber que no se otorgarían visas a observadores de organizaciones establecidas de derechos humanos hasta el próximo mes y que el acceso al país de los medios internacionales sería severamente limitado durante ese período. La decisión del gobierno de que no hubiera testigos de los eventos relacionados con el aniversario hizo que nuestra presencia durante esos días fuera tanto más crucial.

En la mañana después de nuestra llegada, me reuní con activistas locales y un pequeño grupo de ciudadanos estadounidenses que había llegado antes de nosotros. Poco después estábamos en las calles de Manama, la capital, acompañando una marcha a la Rotonda Pearl, el punto focal de la manifestación del año pasado. Esta pacífica marcha de hombres, mujeres y niños fue rápidamente atacada por policías con uniformes antidisturbios, y dispersada con gas lacrimógeno y granadas de concusión. Nuestro primer encuentro con la policía bahreiní pareció ser cruento, pero nuestros amigos nos aseguraron que nuestra presencia era un factor limitador. Dos de los estadounidenses que acabábamos de encontrar, Huwaida Arraf y Radhika Sainath, fueron detenidos en la marcha y deportados esa tarde; dijo el gobierno, por actividades no consistentes con su condición de turistas.

Nuestro pequeño grupo, llamado Testigos Bahréin, creció en los días siguientes, a pesar de que varios amigos que viajaban para unirse a nosotros fueron expulsados en el aeropuerto por un régimen aún más vigilante después de la deportación de Huwaida y Radhika. Con cuidado para poder permanecer libres por lo menos hasta los eventos del 14, viajamos por Manama y las aldeas durante los días siguientes, escuchando testimonios sobre abusos gubernamentales y acompañando manifestaciones y marchas.

El 13 de febrero, se nos unieron Tighe Barry y Medea Benjamin del grupo por la paz Code Pink, y nuestro guía bahreiní, Wafa, llevó a algunos de nosotros a un tour del zoo y del Museo Nacional. Por la tarde presenciamos una marcha de decenas de miles por las principales calles de Manama. Esa marcha fue tolerada por las autoridades hasta que un gran grupo se separó para caminar a la Rotonda Pearl. La reacción policial fue inmediata y espantosa. El gas lacrimógeno no es utilizado en Bahréin como medio de control de multitudes sino como castigo colectivo – no se permite que las multitudes dispersadas por el gas escapen, sino son perseguidas, acorraladas y vueltas a atacar con gas. Muchos son heridos directamente por las granadas de gas y de concusión. Presenciamos golpizas y oímos informes de heridas por perdigones y balas de goma.

En el día del aniversario, la policía restringió todo movimiento en el país. Patrullas de vehículos blindados aceleraban por las calles de Manama y las carreteras de salida de las aldeas estaban bloqueadas por tanques. A pesar de todo, muchos centenares lograron salir a las calles, muchos fueron heridos, muchos arrestados. Otros seis de nuestro grupo fueron detenidos por las autoridades.

En mi caso, ser finalmente detenido por la policía bahreiní fue desilusionante. Cuatro de los estadounidenses con un amigo bahreiní tomamos un desvío por una calle tranquila para juntarnos con otros en el intento de llegar a la rotonda cuando una patrulla policial nos detuvo y pidió identificación. Una vez más explicamos que éramos turistas. “Si sois turistas”, nos preguntaron, “¿por qué lleváis caretas antigás?”

Un par de horas después estábamos en una comisaría y encontramos a otros dos miembros de nuestro grupo que habían sido capturados bajo circunstancias más dramáticas. De uno en uno, fuimos convocados a hablar con representantes del Ministerio de Información y se nos dijo que nos colocarían en un vuelo a Londres a las 2 de la noche ya que nuestras visas habían sido anuladas. Nuestra afirmación de ser turistas fue considerada como un engaño por las autoridades. Mis afirmaciones contrarias no sirvieron para nada.

Bahréin es un pequeño reino isleño en el que vive cerca de un millón de personas –la mitad no ciudadanos– que es visitado por 8 millones de turistas al año. Muchos de ellos, nos dijeron, son saudíes atraídos por la vida nocturna y el alcohol legalizado. Otros visitan los museos y las playas. En los folletos producidos por el gobierno se alienta a los turistas a encontrar al pueblo amistoso de Bahréin. Es lo que hicimos y por ello fuimos deportados.

Tuvimos el privilegio de visitar ese hermoso y afligido país y de vivir la realidad de su pueblo, aunque haya sido por poco tiempo. Sin darnos por satisfechos con sacarnos fotos con camellos, hablamos con doctores de la unidad intensiva quienes, después de tratar a víctimas de la represión del año pasado, fueron ellos mismos torturados y acusados de sedición. Vimos a madres que lloraban a sus hijos muertos o encarcelados y a trabajadores a los que no se permite que ejerzan sus profesiones por estar a favor de la libertad.

Estuvimos en Bahréin como turistas, no de los centros comerciales y de los campos de golf y los museos sino de las calles y aldeas donde vive y lucha la gente real. Cualquiera que visite Bahréin y nunca aspire gas lacrimógeno es ciertamente un mal turista. Para la policía que nos arrestó, un turista con careta antigás es una contradicción irremediable y prueba de culpabilidad. Para el turista que quiera conocer la realidad actual de Bahréin una careta antigás es más indispensable que el bloqueador de sol.

La lealtad y solidaridad del pueblo de Bahréin prevalecerá por sobre la perfidia y la crueldad de su retrógrada y cruel monarquía, apoyada como está solo por la fuerza bruta de sus patrocinadores, los gobiernos de EE.UU. y de Arabia Saudí. “Sumoud,” que quiere decir ser fuerte, resiste, es la palabra árabe con la cual los miembros de la resistencia en Bahréin se saludan y alientan. Su fuerza pacífica es un desafío y una inspiración mientras continuamos nuestra lucha común en todos los rincones del globo. Sumoud.

Fuente: http://www.zcommunications.org/witnessing-human-rights-violations-in-bahrain-by-brian-terrell

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